«Un género de noche» a los ojos de un antropoeta
- Héctor Efraín Rojas

- 14 ene
- 3 Min. de lectura
Cristancho Duque no elabora poemas sino que crea lectores, los lleva como un rebaño por los sitios que él predice.
Cristancho Duque y la tristeza de un libro que arriesga y anticipa lo que Mariátegui decía «la edad de piedra» que, por premonición, alcanza el lugar de los que se salvan. Hagamos la idea de que en una embarcación (la de Caronte) los que se tienen que ir se van, pero un necio se tiene que quedar. Así veo Un género de noche, texto de impecable cuidado y edición, cuyos poemas abordan la desolada estancia de los años, la interrogante de hacerse viejo y la cavilación de un poeta que aborda la tristeza como terreno por donde profanar el verso y la palabra hacia una finalidad: la de sentir, la de vivir… la de morir.
Vallejiano, porque César Abraham es una potencia que a los iniciantes se nos pega, pero que hay que saberle huir cuando se asoma, porque, si se adentra, el poeta va a vivir los golpes de Dios y las resacas de todo lo sufrido. Cristancho lo sabe y es como el maestro de construcción que, testarudo, no escucha a nadie para abrir una zanja y poner una plomada, porque sabe lo que está haciendo.
Es la estación «De puertas para afuera» donde el poeta evidencia un trato más acucioso con ese trabajo, al que muchos se meten creyendo que es solo cantar. El canto, a esa edad, es fuego rojito, y Cristancho, de puro necio, al ver ese maravilloso incendio, lo agarra a pisotadas. Miren esto: «Esa gente que se para al lado de una tumba / con los brazos en alto / vaciando oraciones abstrusas / hacia el abismo de dos metros». Muestra a un talentoso creador, pero a la vez un no creyente.
Al hablar con él, hallamos lo primero que debe tener un poeta: universo de palabras, elegancia (cuando un tío mío, en Piura, leyó mis primitivos textos, alcanzó a decirme una simple sentencia: para ser poeta, debes ser elegante, mentiroso y facineroso). Esa esquina le hará bien al bardo de los cigarrillos sin filtro, y me atrevo a decir que bien sería que abordara la tristeza contenida, verbigracia: de las vicisitudes de la guerrilla colombiana en el monte, de los impactos neoliberales en su país, de las asimetrías del poder en el tercer mundo, de tal modo que tenga consistencia, porque de ella va a surgir el mejor de los granos de café, un diamante negro que, por su brillo desbocado, lo va a encumbrar al sitial que se merece.
Poesía eres tú, decía el loco de Larco Herrera, el poeta peruano Martín Adán. La poesía es un oficio que, como la alfarería, se moldea y aprende con los años. «A veces escribimos cuartillas de letras inservibles», decía Javier Heraud Pérez, y Cristancho, ese Cristo ancho, sabe lo que le estoy diciendo porque inteligencia y dicción le sobran, pero le falta sombra, sangre, tiniebla, trueno, rayo, torrencial lluvia, desolación y hambre. La poesía, cuando menos lo pensamos, viene como un demonio desde las catacumbas volcánicas del ser y, cuando sale, captura al que ella quiere. No hay que buscarla; ella, al vernos trabajar, llegará, y ese día el elegido queda señalado y marcado para siempre.
En «Tregua y otros poemas», el vate se redime: «Ah, la noche / con su arpegio de silencios / y su caparazón de infinito. // Uno sale a ella / y se siente como dentro de un animal / que es otra cosa», «Y pensar que / en su majestuosidad / también la noche se define como una ausencia». Una aparente sencillez.
Cristancho Duque no elabora poemas sino que crea lectores, los lleva como un rebaño por los sitios que él predice. Entonces, como en el arte de la prestidigitación, la magia aparece y la creación se inyecta porque «La noche abrió las estrellas / cual ojos escrutadores / cuando llamaron / LUGAR / al poema». Pongo en mayúsculas lugar porque esa palabra es antropológica y define una escena contemporánea y territorial. Y es acaso que Cristancho apunta a darle cuerpo de ciudadanía al poema, tránsito y documento de identidad. Un género de noche inescrutable que le da la credencial de la buena poesía que ya tiene y merece.
Héctor Efraín Rojas
Ayacucho, Perú






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