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El poeta de los elementos: poemas de Jesús Gómez Ceballos


Fotografía de Jesús Gómez Ceballos

Jesús Gómez Ceballos (Santiago, Putumayo, 1978). Licenciado en Lengua Castellana. Dibujante autodidacta. Sus dibujos han sido publicados en la revista Ilustrados (Medellín, 2011-12-13). Su libro Del Aire (Ediciones Cosa Nostra y Ediciones Letra Dorada, 2020) obtuvo una mención de honor en el XXIII Concurso Universitario Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia (2010). Ganador de la beca estímulos a la creación del municipio de Rionegro con su libro A mi casa la cruzan los ríos (Ediciones Letra Dorada y Ediciones Cosa Nostra, 2023). Sus poemas han sido publicados en las Memorias del XIX Festival Internacional de Poesía de Medellín, Muestra Poesía en Medellín (2011), Antología Internacional de Poesía: El lenguaje de los pájaros (Uzbekistán, 2011), la revista Musa Levis (Manizales, 2013), la revista Otro Páramo (Bogotá, 2015), la revista Punto Seguido (Medellín, 2015), la revista Puesto de Combate (Bogotá, 2015), la antología poética Burla y fervor (Medellín, 2015) y la revista Quitasol (Bello, 2016). Pertenece al comité coordinador de las Jornadas Internacionales de Literatura Andrés Bello JILAB.

Del Aire

Portada del libro Del Aire

No quiero en estas líneas liminares llamar la atención en lugares comunes, cuando de presentar un libro se trata, como son exaltar el hallazgo de una nueva voz, o de una obra hasta ayer inédita que vendrá a ocupar su sitial en el panorama vernáculo de la poesía colombiana, tan dado a padrinazgos y a círculos de intelectuales cerrados, donde los cacicazgos regionales alcanzan sus tentáculos hasta las esferas nacionales, una especie de confederación de legisladores de las bellas letras que determinan qué es poesía y qué no lo es y, en consecuencia, quién es poeta y quién no. Lejos de las pretensiones de esas élites ridículas autoproclamadas autoridad censora, crece un mundo simbólico posible en las periferias y en los extramuros de las grandes ciudades, que también han querido para sí ser la metrópoli que controle el pasado, el presente y el futuro de un arte indomeñable y libre como lo es la poesía, desconociendo adrede toda la creación que a diario se escribe en nuestro país y que escapa incluso a su intención panóptica y totalizante, ya por estar mirando siempre hacia el ombligo de los cogollitos literarios (para usar una expresión de Proust) que son ellos mismos con sus festivales y sus concursos, con sus revistas y antologías, con sus mataderos del espíritu que son las grandes editoriales y sus catálogos de figuras endiosadas por el rebaño, ya porque son inmunes a la belleza y no alcanzan a comprender de qué manera afuera de los cafés y de las librerías especializadas, de los bares esnobs y de los prestigiosos escenarios, la poesía camina a pie limpio las calles de la ciudad amada, los callejones donde la muerte es fiel consejera, y se alimenta de todas esas vivencias para hacernos partícipes del enigma y del canto.

Un libro manufacturado con la delicadeza de un orfebre, merece, más que epítetos y lisonjas, palabras que hagan justicia a la labor del poeta. Un libro hecho de aire, como bien su nombre lo indica, de puro aliento, de precisión en cada palabra puesta sobre el relieve de una geografía tallada en la inmanencia. Es el oficio de leer y de escribir, donde la vida y la muerte se conjugan de forma sorpresiva, sin reclamos ni quejas, más bien con la firmeza de los trazos hechos por una mano entrenada, quirúrgica, tal vez la mano experta de un tanatopráctico cuando revela con el filo de su bisturí la verdadera profundidad, la realidad de un corpus poético como si de un cuerpo humano se tratara. Un texto hecho con paciencia y disciplina, con una avidez lectora y con la capacidad instintiva de su autor para la poesía, como una fuerza contemplativa de la naturaleza jamás desbocada, sino precisa en imágenes, en emociones sutiles que, aun cuando oscuras, contenidas por una poesía que exalta la belleza del pájaro en su manifestación física, pero también del símbolo que en cada poema este mismo representa: la evocación de lo efímero, el vuelo, el canto agorero, la paciencia de las aves carroñeras digiriendo los días venideros y el viaje inexorable y sin retorno: el tiempo.

Del Aire posee la cualidad de una economía del lenguaje puesta en práctica en cada uno de los veintiocho poemas que forman este libro, no porque Jesús Gómez Ceballos tenga poco por decir, sino que en virtud de esa misma síntesis poética, dice con pocas palabras el universo pleno de su existencia. No precisa de huracanes ni de tempestades para desvelar la tragedia antigua del ser y de su angustia. No es siquiera el viento, es el aire, vital e invisible soportado en el éter. No es un volcán o un incendio, mucho menos un río en su bravura. Es un agua de nacimiento, diáfana, que fluye entre líquenes, musgos y piedras. No se desborda. Modelado con el barro triste de lo cotidiano, levanta vuelo con alas dadas por obra del arte.

Los paisajes interiores aquí dibujados son delineados con palabras cuando no es la vista la que colma todo el sentido que el poeta quiere decir en cada verso. El poeta-pintor es también un niño cuando juega con los elementos en la alquimia de la creación. Toma de la realidad lo que sus órganos le informan y al mezclarlo todo con su particular manera de ver el mundo y las cosas, ese universo interior crece tanto que se desplaza hacia el afuera, mas no es la misma materia prima recibida la que así devuelve, sino transformada en el oro puro de las palabras. Un cofre dónde guardar las cenizas de sus muertos, de aquellos que han partido y que solo permanecen en la memoria que los retiene en esa cápsula del tiempo que es el recuerdo. La poesía de Jesús Gómez Ceballos nos proporciona ese hálito que nos incita a respirar quizás por última vez, como estertor y pálpito que anteceden al último desvanecimiento. Del Aire es un pájaro luminoso que ha volado solo entre las sombras por casi dos décadas y que ahora aparece en el aleteo del nuevo día, para que lo contemple todo ser que aún está despierto a escuchar el decir esencial de las cosas que respiran.

Jandey Marcel Solviyerte

La Hélida, El Peñol.

Noviembre 27 y 2020.

Pájaro reloj

Ese pájaro que se posa en el muro

tiene en su pecho y en sus alas

el azul del cielo.

Su cabeza

como el segundero de un reloj

picotazo

a

picotazo

se come el día.

Sala de urgencias

Parece que vinieran de la guerra

con sus ropas ajadas y sus cuerpos mal heridos.

Ahora que la vida peligra

hombres y mujeres de blanco

buscan solución.

Hay corazones que no quieren palpitar

pulmones con fugas de aire

huesos quebrados

sangre a borbotones

la piel y su inventario de agujas.

Se siente recorrer por los pasillos

un frío que lleva de la mano la presencia de la muerte.

Grafías en el aire

Los dueños del silencio han llegado

sentados en el parque

desolado por la lluvia

buscan a alguien que acaricie sus oídos.

De pronto

varias letras se trazan en el aire.

Como aves

bandadas de palabras suben al cielo.

A mi casa la cruzan los ríos

Portada del libro A mi casa la cruzan los ríos

Este no pretende ser un ensayo ni un análisis crítico de la obra de Jesús Gómez Ceballos. Me propongo tan sólo hablar someramente de la impresión que me ha causado la lectura de su poesía y, en particular, de este libro.

Ya en su primer poemario, Del Aire, Jesús Gómez se perfila como un poeta con pulso de quirófano, que se esfuerza por hallar siempre la palabra precisa —diría exacta, si tal cosa fuese posible fuera del ámbito de las ciencias duras— y arrancarle el sentido pleno de lo que quiere expresar. Minuciosidad y paciencia distinguen a este poeta que pugna con la palabra a puño limpio, sin artificios, sin ornamentos inútiles, dejando que el poema vaya madurando poco a poco, a su ritmo, a fin de recoger el fruto a su debido tiempo. En efecto, su afán no ha sido nunca el de publicar, mucho menos el de figurar en el mundillo de la pasarela poética, sino más bien el de madurar su obra con paciencia y constancia, acudiendo, como él mismo lo dice, todos los días al mismo encuentro, con lo que sabemos que ello supone:

En el encierro, por momentos, el silencio aturde.

A través de esta claridad de la palabra surge el símbolo, presente siempre en sus poemas. Tras el carácter de cotidianidad de muchas de sus imágenes, palpitan los enigmas fundamentales de la humanidad, sus siempre abiertas heridas: vida, muerte y amor, con todos los asuntos que de ellos se desprenden. Esto por hablar de su poesía en general.

En lo que se refiere a este, su segundo libro, lo primero que nos asalta es la nostalgia. Títulos como “1983”, “Madera fina”, “La memoria es una luz intermitente” o “En el colegio” dan cuenta de ello por sí mismos. Y como tantas otras veces, al leer estos poemas sentí no sólo la nostalgia que de ellos emana, sino el miedo al imperio de los recuerdos. Dice Quasimodo en “Garza muerta”:

Piedad, que no me encuentre

sin voces y rostros

en la memoria un día.

Pero para mí —“perdonen la tristeza”, que es decir “perdonen la confianza”— hay algo más pavoroso que quedarse sin recuerdos un día, y es quedarse sólo con ellos. Inevitable entonces pensar en la vejez, que no hay que esperarla porque desde temprano empieza a colarse por las hendiduras que abre la nostalgia. ¿Al final no quedarán más que palabras y recuerdos? ¿Los ecos del pasado desplazarán un día al deseo, a la sed nunca saciada? Terrible destino el de apagar la sed sin haber bebido lo suficiente —y que casi nunca se bebe lo suficiente lo prueba el miedo a la muerte de tantos que, a lo mejor, deberían anhelarla—, teniendo que contentarse con los reflejos lejanos del agua. Basta de esto.

Siguiendo con la lectura, caí en la cuenta de que es Jesús Gómez un poeta de los elementos. Quiero decir con esto que en su obra los elementos no son sólo una serie de referencias necesarias pero circunstanciales, sino que son la esencia constitutiva de su poesía, desde el aire que habitan las aves de su primer libro, pasando por el agua de los ríos que cruzan su casa etérea y por el fuego que consume la carne a 870 °C, hasta la tierra que conjunta vida y muerte. Esta última, la muerte, es un tema recurrente en sus poemas: siempre está como augurio, recuerdo o presencia.

Jesús Gómez es, en efecto, un cantor de la muerte, pero se equivoca quien piense que no lo es de igual forma de la vida. Como Heráclito, tiene la certeza de que vida y muerte, como opuestos, son lo mismo. Así el fuego es el elemento que purifica la carne muerta, pero también la sangre que da vida a la Tierra:

En lo profundo de la tierra

hay un corazón gigante.

Sangre y lava lo componen.

La tierra es, por su parte, el elemento que acoge todo lo muerto, pero también el que devuelve la materia a la vida. Y otro tanto cabe decir del agua, caldo de cultivo de la vida en la Tierra:

¡Silencio bajo el agua!

La vida se gesta en lo profundo.

Por no hablar del aire que respiramos, aliento de vida que puede ser, perfectamente, el mismo nombre impronunciable de la divinidad. Aire que se convierte de pronto en viento que “raja la piel” y “cala en los huesos”, pero que también, fresco, “renueva los días”.

Ésa es la casa, atravesada por los ríos, de Jesús Gómez Ceballos: el habitáculo de los elementos. Y uno de los últimos versos de este libro da cuenta, a este respecto, de una escritura plenamente consciente:

mi casa es su casa y puede ser el agua, el aire, el fuego o la tierra.

Poco más tengo que decir de este libro. Mentiría si dijera que todos sus poemas son de mi agrado —esto no representa una crítica literaria sino una impresión, que es el objeto de este texto preliminar—, pero hay muchos de ellos que, en cambio, dejaron una honda impresión en mí. Borges sostenía que un libro es talvez demasiado, pero un poema bien escrito no es poca cosa, y aquí los hay que no son pocos, y acaso lo sean todos más allá de mi parcial, limitada impresión. Bienvenido sea, pues, este segundo peldaño —a la manera cavafiana— de la poesía de Jesús Gómez Ceballos.

Cristancho Duque

Itagüí, 25 de septiembre de 2023

1983

I

Mi madre lavaba la ropa a orillas de una quebrada. Sobre una piedra, quitaba la sangre de la ropa de mi padre; sangre acumulada de días que teñía por un momento el agua. Cada vez que mi madre hacía esto, entonaba un canto de despedida.

II

Por esos días, mi padre desollaba reses en un cuarto frío. Tapaba sus oídos para no escuchar mugidos de dolor. El brillo del cuchillo se reflejaba en su rostro, atravesaba el alma de las reses.

III

Nunca olvidaré: los mugidos de dolor, el brillo de la sangre, la mirada perdida del animal, el canto de despedida de mi madre.

870 °C

La tierra caliente y el ladrillo conservando el calor, cobijas de fuego cubriendo la carne.

Arde la historia, arde la memoria, arde la palabra.

El corazón, bola de fuego, caja de resonancia que conserva cenizas de latidos. Crepitar de huesos, chispas de colágeno.

El alma, mariposa luminosa, aletea entre cenizas.

A mi casa la cruzan los ríos

Muchos me preguntan que si tengo una casa. Yo les digo que sí, pero aclaro que no es precisamente como la que ellos imaginan, de puertas y ventanas, de paredes y techos.

A mi casa la cruzan los ríos. Sus aguas llegan a lugares ocultos, humedecen las grietas secas del tiempo, engendran vida.

Por aquí las aves entran y salen libremente, con sus cantos amenizan el amanecer, traen el sonido del mar en sus picos, lo siento deslizarse por el caracol de mis oídos.

Esta casa no necesita muros porque los hace el arco iris. No necesita plantas, porque tiene árboles, donde sus ramas se abrazan y un viento fresco renueva los días.

Muchos me preguntan que si tengo una casa.

Yo les digo que sí, pero aclaro: mi casa es su casa y puede ser el agua, el aire, el fuego o la tierra.

Mi casa es de luz y oscuridad.

Está en los libros y en sus interminables pasadizos.

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