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Historia de un poeta olvidado

Actualizado: 10 may 2023

¿Cómo el mundo, lleno de estudiosos de la historia y de las artes, pudo pasar por alto a un hombre que sacudió los cimientos de la moral ordinaria, que batalló en cuerpo y en espíritu contra los cristianos, contra los judíos, contra los islámicos y contra todo precepto religioso que no albergara en su seno la voz del hombre de todos los tiempos, humana, sensata y veraz?

Corría el siglo VIII d.n.e. en el desmoronado imperio romano. El cristianismo, convertido ya en religión oficial, olvidaba la doctrina del amor y la tolerancia promulgada por el rabino de Nazaret y emprendía una especie de cruzada contra toda creencia o todo dogma que no aceptara a Cristo como el único dios verdadero. La intransigencia era tal que las pocas sectas paganas que quedaban eran masacradas sin misericordia por los otrora perseguidos cristianos. En el Cercano Oriente tomaba cada vez más fuerza el islamismo, anunciando lo que sería una edad dorada al margen de la Edad Media europea. Entre tanto, por ahora, “la humanidad se ve abocada a una proliferación de religiones, sectas y logias que pelearán sin descanso por el dominio militar de la tierra, en tanto que su dios particular los guiará por el camino de la victoria o de la derrota”.

Es en este contexto que nace y crece Cayus Generosus Erigo, hijo de una familia cristiana de la aristocracia de Mantua, en la Lombardía, tierra del inmenso poeta Virgilio, quien, con su obra La Eneida, funda la cosmogonía del pueblo romano, en línea directa con la griega.

Es Mantua famosa en múltiples aspectos y por su poeta genial; sin embargo, también es Mantua una tierra de secretos, de enigmas guardados durante siglos, de conspiraciones del hombre contra el hombre, de infamias ocultas en procura de preservar la buena fe y las costumbres conservadoras.

Junto con su amigo Tiberius, gracias a cuyas Memorias ha podido rescatarse lo que se sabe de la vida y la obra del poeta que aquí nos ocupa, el aún joven Erigo ingresa al Culto Enhiesto, una secta mistérica de muy antigua data, conformada por amantes de las letras y las artes y dedicada a Príapo, dios de la fertilidad y de la potencia del “cuerpo humano capacitado para ejercer la virilidad repetidas veces en el acto de la cópula”. Dicha secta pretendía, en este punto de la historia en que no solo era secreta sino ilegal, reinstaurar el paganismo y, con él, la gloria del antiguo imperio.

Pintura de Príapo en Pompeya
Fresco de Príapo, Casa de los Vettii, Pompeya

Es el año 748 d.n.e. y con el ingreso de Erigo al Culto Enhiesto inicia una nueva etapa en la historia de esta secta, añadiendo a los terrenos de Príapo, Venus y Dionisos, en los que siempre se había movido, el carácter bélico propio del poeta mantuano, quien desde la adolescencia había ya demostrado grandes habilidades en la lucha, las tácticas y la estrategia, además del noble arte de la poesía.

Ya dentro del culto, dos anécdotas tempranas dan cuenta de su carácter y sus habilidades: en una ocasión fue sorprendido, junto con un grupo de amigos y correligionarios, por un piquete de soldados a las afueras de la ciudad, quienes quisieron acceder violentamente a los placeres de las jovencitas, a lo cual Erigo reaccionó desarmando a un soldado y arremetiendo contra otros tres, pero el piquete fue demasiado para un solo contendiente que había sido abandonado por sus amigos, dados a la fuga. Al final lo dejaron medio muerto en el campo, de donde, al amanecer del día siguiente, fue recogido por un campesino que lo llevó a su cabaña. Allí conoció al primero de sus grandes amores terrenales: Niviae Lascivianae. De algunos de estos amores nos habla, con pelos y lúbricas señales, en el poema “Homenaje a las víctimas de la pasión desbordada”.

En la segunda ocasión fueron sorprendidos no por un piquete de soldados sino por una turba cristiana, mientras se dirigían a la casona donde se desarrollaban los rituales del Culto Enhiesto. Uno de los amigos que iban con él injurió a la procesión, la cual, pese a la mediación pacífica de Erigo, recurrió a la violencia. No le quedó más remedio que contenerla violentamente, junto con los suyos, que al final volvieron a dejarlo solo contra el mundo. La aparición de un grupo de soldados fue, esta vez, lo que le salvaría la vida, dispersando a la turba y encarcelando al joven poeta pagano.

Tras su liberación se enlistó en el ejército, donde podría desplegar a sus anchas las facultades bélicas que hasta ahora no le habían traído más que problemas. Allí se ganaría el respeto no solo de sus compañeros sino también de sus superiores, por su destreza y por la disciplina mostrada en los campos de instrucción. Pero de la antigua gloria del ejército romano no quedaba ya nada, infestado como estaba de la influencia bárbara y al servicio de la Iglesia. En carta a su amante y también poeta Fera Effrenata, manifiesta:

De estos hombres que comparten hoy día el viaje de la vida conmigo, digo únicamente que son bestias de dios, del dios cristiano principalmente, por lo que lamento tener que vivir entre ellos, ya que preferiría vivir entre salvajes y primitivos (algún rasgo de humanidad en ellos encontraría) que con esas amebas vivientes en un organismo metafísico y enfermo que apesta de solo nombrarlo.

Así las cosas, decide desertar, y aprovecha para ello la oportunidad que le da un viaje que hace con una compañía del ejército a la India. Estando en Benarés, mientras los soldados se purificaban en las aguas del Ganges, Erigo finge su ahogamiento y, al no poder hallarlo, lo dan por muerto. Cerca de cuatro años anduvo por la India, aprendiendo de la filosofía oriental y leyendo a sus grandes poetas. Entre ellos, leyó y tradujo al latín al gran poeta erótico Amaru, gracias a lo cual empezó a ser conocido en Europa. Así lo mencionaba tiempo después en su “Arte poética”:

Entre muchachas tiernas siendo casi un niño leí a Anacreonte. Catulo y Marcial señalándome el camino mi juventud íntegra pervirtieron. Por gracia de unos cantos populares del siglo primero de esta era inculta que rechaza el cuerpo, conocí en pleno ejercicio el Culto Enhiesto.

Con mi más amada muchacha recité de memoria a Amaru, tranquilo. En la cima de mis facultades mis versos de Amor compongo entre flores e insectos. Los más lascivos y húmedos, te los diré al oído, en secreto.

Ya de vuelta, rompió relaciones con sus padres y fue a refugiarse en los brazos de su antigua amante, Niviae Lascivianae, quien se había casado con un señor feudal. El esposo, sin embargo, estaba de viaje y los viejos amantes pudieron disfrutar por ocho meses de los placeres de la carne. Luego viajó a Roma, Sicilia y Grecia. En esta última tuvo amores con Atera Aspreta, una esclava negra de un hombre público de Atenas, donde, en la propia cuna de la cultura difundida por Alejandro, “también halló a un mundo ajeno al helenismo”. El monoteísmo abrahámico había tomado ya la mayor parte del mundo conocido.

En Roma estuvo bajo la protección del patricio Marco Publio Adriano, bajo cuya tutela compuso dos libros de odas y una Égloga, lamentablemente perdidos. Pero, a la muerte de aquel, el Papa ordenó su captura y Erigo tuvo que huir. Comenzaría así una guerra que incluso ha sido calificada de cruzada contra el Culto Enhiesto, que para la fecha (755 d.n.e.) contaba ya con alrededor de diez mil fieles repartidos por Europa y África, desde Hispania, pasando por la península itálica y Grecia, hasta Alejandría, en Egipto. El otrora culto secreto y ahora ejército pagano empezó por debilitar a las tropas enviadas por el papado en una guerra de guerrillas: atacaban como fantasmas en los caminos, los cruces, los campamentos, hasta que el enfrentamiento tomó, necesariamente, dimensiones apoteósicas, si bien fue luego velado por la Iglesia:

Es insoslayable la batalla de Alejandría en 757 d.n.e., antes de la muerte de Esteban II. Sucedida esta batalla en el mismo lugar donde cuatro siglos atrás los cristianos habían destruido el edificio que albergaba la famosa biblioteca de Alejandría y con él la historia del pensamiento de la Antigüedad, en ella las tropas comandadas por Cayus Generosus Erigo vencieron a todo un escuadrón de caballería, adiestrado en la dura guerra de Oriente. Otra memorable victoria fue la toma de Mantua en el 759, planeada y dirigida por Erigo, la cual estuvo en su poder hasta el año 763 d.n.e., cuando la alianza entre el Papa Pablo I, sucesor de Esteban en el 757, y el futuro imperio carolingio, acabaron con los últimos reductos de resistencia de los paganos.

Derrotado en su tierra y exiliado en una isla del mar Jónico, pasó sus últimos años puliendo su obra y en una perpetua celebración por los caídos. Allí murió, en una bacanal que duró 36 meses, el año 766 d.n.e., ebrio, alegre y erecto, como había vivido.

Muere el hombre, telúrico y apasionado, y nace la leyenda del mortal que se convirtió una mañana de primavera en el siempre altivo y generoso dios Príapo.

Corrían los últimos años del siglo XX. También en Mantua, pero la pequeña localidad cubana, en la provincia de Pinar del Río, una joven colombiana gozaba con la potencia erótica de “un hombre que vive (vivía) como los primeros dioses que habitaron la tierra”, Justo Ernesto Paladín, quien para entonces se ocupaba también de la traducción de unos versos de un poeta latino arrojado al olvido: los Priapica Carmina Sensualis Amoris de Cayus Generosus Erigo. El viejo Paladín murió en el año 2005, por una avanzada cirrosis, y la joven nereida que endulzaba sus días y le infundía ánimos para acometer las labores del intelecto y de la carne regresó a su país, donde le confió aquella traducción al también poeta Jandey Marcel Solviyerte, que ya antes, por medio de ella, había mantenido una nutrida correspondencia con el mantuano.

Portada de Priápicos: Cantos del amor lujurioso

Por esta vez los hados han sido favorables a este tiempo y a esta lengua, evitando que se perdiera en el olvido una obra que “ha recorrido los siglos y la oscuridad de la moral humana, para llegar, manantial vivificante, hasta nuevos paladares sedientos de beber el agua clara de una filosofía del cuerpo y del alma, como eterno conjunto del placer”.

A partir del manuscrito, Solviyerte, también conocedor de la lengua de Horacio, se dio a la tarea de revisar y actualizar la traducción de Paladín, contextualizándola a esta época, traducción que publica Ediciones Letra Dorada en coedición con Ediciones Cosa Nostra, bajo el título Príapicos: Cantos del amor lujuriosos, incluyendo el preludio de un texto prologal del traductor original, parcialmente conservado, del que hemos tomado las citas para esta nota. En él, nos dice Justo Ernesto desde su paraíso terrenal:

Posee Mantua a su poeta Publio Virgilio Marón, magno, mundialmente reconocido; pero además posee Mantua a su poeta Cayus Generosus Erigo, poeta del siglo VIII, personaje de gran relevancia en los destinos internos del vacilante imperio desmoronado, actor de acciones que, aun sin cambiar el rumbo de la historia, dejaron honda huella en los espíritus rebeldes, en hombres y mujeres de siempre, en aquellos pocos que saben vivir la vida a plenitud y no escatiman en entregarla en su totalidad por el único ideal digno de ser luchado: vivir sin las cadenas del Estado y de las religiones, llevar a cuestas las frágiles alas de su dicha y de su desesperanza.

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