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Manuel González Prada: Páginas libres

Estamos ante las páginas de una de las mentes más brillantes que ha parido el Perú: Manuel González Prada, poeta, ensayista, ideólogo anarquista, precursor del indigenismo y del modernismo americano, «inmensa montaña pensadora», maestro de una generación de gigantes (Haya de la Torre, Mariátegui, Valdelomar, Vallejo, Eguren, entre otros).

José Manuel de los Reyes González de Prada y Álvarez de Ulloa nace el 5 de enero de 1844, descendiente de una noble y antigua familia española. Su abuelo paterno, José González de Prada y Falcón, llegado a Buenos Aires como funcionario civil en 1809 y trasladado al Perú en 1810, participó en las represiones de la revolución de Cochabamba de 1810, en el Alto Perú, y de la rebelión de Huánaco en 1812. Sus padres, Francisco González de Prada y Marrón y Lombera y Josefa Álvarez de Ulloa pertenecían a la rancia aristocracia conservadora y clerical de Lima. Su padre fue, además de insigne magistrado, vicepresidente de la república y ministro de Estado en el gobierno conservador de Echenique. Peso a todo lo cual, Manuel fue siempre un rebelde, un inadaptado al orden establecido; enemigo del autoritarismo, el clericalismo, la plutocracia, el tradicionalismo, desde que tuvo consciencia de sí, para terminar convertido en un anarquista de primer orden, plebeyizado por convicción sin perder su señorío, disidente de cualquier tipo de autoridad que no fuera la de sus propios principios.

Tras la caída de Echenique, en 1855, la familia González de Prada y Álvarez es desterrada a Chile, donde Manuel tiene sus primeros acercamientos a las literaturas inglesa y alemana en el Colegio Inglés de Valparaíso, hasta 1857, año en que regresan a Lima. «Harto de clérigos y latinajos», Manuel escapa del Seminario de Santo Toribio en 1860, y en 1863, muerto ya su padre, del Convictorio de San Carlos. Desde entonces, Manuel González Prada sería un incansable autodidacta, de esos hombres que se hacen a sí mismos.

Su lucha contra la vieja tradición española y, cabe decirse, contra la propia España, se remonta a 1866, año en que participa en la defensa del Callao contra la «Expedición científica» que había bombardeado ya el puerto chileno de Valparaíso y apoderádose de las Islas de Chincha.

Entre 1871 y 1879 vivió prácticamente aislado de la sociedad, lejos del bullicio de la afeminada Lima, entregado a la lectura, al estudio, a algunos experimentos químicos y a escribir versos en la hacienda familiar en Mala. Este tiempo le serviría también para entrar en contacto con los indios de la región y conocer el estado en el que vivían, al tiempo que «se aquilataba y afirmaba su genio, su voluntad se endurecía y disciplinaba para las luchas futuras».

Uno de los sucesos más determinantes en la vida y en la obra de Manuel González Prada fue la Guerra del Pacífico, durante la cual se alistó en la reserva a principios de 1880. Para el 15 de junio de 1881, fecha de la toma de Miraflores, había sido ya ascendido a teniente coronel. Este descalabro militar, junto con la ocupación de Lima un día después, fue uno de los principales sucesos que atizarían su aversión política por el golpista Nicolás de Piérola:


Nos vuelve cera y pabilo el enano Perinola;

nos chupa el alma y el quilo,

nos vuelve cera y pabilo;

mas que no duerma tranquilo,

pues vendrá la batahola,

y ¡adiós la cera y pabilo

del enano Perinola!


Durante la ocupación chilena, González Prada permaneció encerrado en su casa, por evitar ver el rostro del invasor, símbolo de la deshonra peruana.

En octubre de 1883 se firma el Tratado de Ancón, humillante para el Perú, por medio del cual se entregaban a Chile las provincias de Tarapacá, Tacna y Arica. Este vejamen conduciría a una guerra civil entre las fuerzas de Miguel Iglesias, para ese entonces presidente provisional, y las de Andrés Cáceres, férreo opositor a la ocupación chilena, quien derroca a Iglesias en 1885.

Es en este contexto, en medio de «toda aquella división de castas, todo aquel egoísmo de unos cuantos amos, toda aquella sumisión de la indiada irredenta, toda aquella imprevisión de los dirigentes, todas aquellas guerras civiles, toda aquella ignorancia del pueblo, todo aquel despilfarro de los señores, toda aquella literatura de imitación, todo aquel religiosismo fanático», mientras los que se dicen escritores callan o hablan apenas a media voz o, lo que es peor, besan la bota que los pisotea, y bajo el oprobio de la ocupación chilena, que nace el prosista de las Páginas libres. Es sobre todo la herida recién abierta de la ocupación lo que moverá la pluma de González Prada de los versos a la prosa combativa.

Brillante incursión la suya en esta prosa de largo aliento y bien acompasada, de «frases duras y frías como la hoja de una espada», sobria y ágil, serena y a la vez movida por imágenes que como olas hacen saltar el espíritu y el corazón del lector, clásica mas no clasicista, del tipo de lo clásico de siempre, que no pasa de moda porque nunca se rebaja a serlo; con la dosis justa de retórica que daba fuerza a su discurso sin disfrazarlo, sin profanar jamás su hermosa y a menudo amarga desnudez. Fiel heredero de la tradición grecorromana, su mármol no es el de Paros ni el de Carrara, sino el del Siglo, el de su propio tiempo, que se le ofrecía con la naturalidad con que se ofrece una mujer que sabe amar. Por diferenciarse de sus contemporáneos se le llamó «el menos peruano de nuestros escritores»; esto quería decir en realidad que era el menos español, pues lo peruano en literatura apenas empezaba a vislumbrarse con la obra de este coloso que vociferaba como un viejo profeta, contra lo viejo.

Es en 1885 que inicia la carrera de prosista de González Prada con su apología a Miguel Grau —aguerrido comandante de la Marina en la Guerra del Pacífico— que abre la segunda parte de esta obra. En 1886 se para en la tribuna del Ateneo de Lima para pronunciar una conferencia plena de un vigor hasta entonces inédito en la joven república. Esta irrupción de Prada en el ámbito nacional es la detonación que un país como el Perú de entonces, mustio y atolondrado por los golpes, requería para salir de su letargo, recobrar la fuerza en el músculo, la fe en el porvenir, y lanzarse a la construcción de su propio proyecto.

«Si los hombres de genio son cordilleras nevadas, los imitadores no pasan de riachuelos alimentados con el deshielo de la cumbre»: con esta genial sentencia inicia la conferencia en el Ateneo de Lima. Es un ataque a la imitación literaria que profesan los autores peruanos, un llamado a crear una literatura propia, a dejar de imitar a los autores españoles del pasado: «los literatos de América y del siglo XIX seamos americanos y del siglo XIX». Se refiere sobre todo a la imitación desmesurada de las rimas becquerianas de «dos cuartetas asonantadas» y de la prosa de Severo Catalina y de José Selgas.

Esta preocupación suya por una literatura original y propia está, por supuesto, encaminada a la creación de una identidad nacional, al surgimiento y consolidación de una patria, pues era consciente de «la íntima relación entre las serenatas al Virreinato en literatura y el dominio de la casta feudal en economía y política». Así, exclama: «Volvamos los ojos a los autores castellanos, estudiemos sus obras maestras, enriquezcamos su armoniosa lengua; pero recordemos constantemente que la dependencia intelectual de España significaría para nosotros la indefinida prolongación de la niñez». Hace pensar en aquella sentencia de Vallejo: «La autoctonía no consiste en decir que se es autóctono, sino en serlo efectivamente, aunque no se diga», cuando proclama: «Y no tomemos por americanismo la prolija enumeración de nuestra fauna y de nuestra flora o la minuciosa pintura de nuestros fenómenos meteorológicos, en lenguaje saturado de provincialismos ociosos y rebuscados». ¿Qué habría pensado este viejo león de haber tenido que sufrir el indigenismo indigesto de ciertos vanguardistas peruanos de finales de la tercera e inicios de la cuarta década del siglo XX?

Al iniciar la lectura de estas Páginas libres, de inmediato se nos revela la idiosincrasia positivista de su autor, como era natural en el siglo XIX, en que «la Ciencia, la Razón y el Progreso fueron los mitos del siglo». Sin embargo, con más fuerza se nos revela su espíritu idealista, de ese idealismo fundado en la experiencia, «independiente de dogmas religiosos y de apriorismos metafísicos» de que nos habló José Ingenieros. En ese idealismo ponía González Prada el optimismo que no le inspiraba la realidad inmediata. Y era ese idealismo el que no lo dejaba caer, aunque a veces parezca lo contrario, en el cientificismo que no hace sino reemplazar una religión por otra, como ocurre hoy cuando la juventud «de vanguardia» parece no darse cuenta, o no querer darse cuenta, de los estragos que el culto a la Razón provocó en el siglo XX —por no mencionar el Terror del XVIII— ni de los que está causando el culto al Progreso en el siglo XXI, con sus hogueras inquisitoriales y la autoridad de que le inviste una Ciencia de caricatura que ya no enseña a dudar de sí misma. De ser González Prada testigo de tal espectáculo, su ánimo siempre joven se avergonzaría de semejante anacronismo.

Es posible que hoy no encontremos muy «actuales» sus obras, pero es que muchas de sus ideas, de carácter general, no pertenecen a una época sino que son de siempre, como las de un Marco Aurelio. Con ideas de siempre arengaba y aguijoneaba la voluntad de los hombres de su época. En general carece de ideas nuevas y se dedica a repetir verdades inmortales en la lengua de su tiempo y aplicadas a la situación de su país, y es quizá por eso que perdura en el espíritu de sus lectores. En últimas, lo que más se admira es su carácter: fuerte, honrado, viril y dispuesto.

En el discurso en el Palacio de la Exposición, González Prada asume la presidencia del Círculo Literario, fundado en 1885 bajo la égida de Luis Márquez, quien moriría en 1888. Esta agrupación nacía como contraparte al Club Literario —ya excluyente en el nombre— de Ricardo Palma, al cual había pertenecido el joven González Prada, para emprender «una cruzada contra el espíritu decrépito de lo pasado, una guerra contra todo lo que implique retroceso en la Ciencia, en el Arte y en la Literatura». En mayo de 1891 el Círculo Literario se convierte en el partido político radical conocido como la Unión Nacional, de tendencia federalista y antimilitarista. Sin embargo, como nos lo deja claro en su discurso en el Palacio de la Exposición, la lucha política de González Prada estaba en el campo de batalla de la literatura, no en los salones perfumados de intriga de los cortesanos.

Mariátegui nos recordaba varios años después que González Prada «no legó un programa a la generación que debía venir después», mas hay que recordar también que sin su voz potente y diagnóstica, aunque no prescribiera, una generación como la de aquél habría tardado varias décadas más en aparecer.

Hombre de fuertes contrastes, que prefería, al contrario que su Renan, a la duda la afirmación o la negación rotundas, que no temía usar de categorías tan perentorias como «bueno» y «malo», «bondad» y «maldad», al igual que Renan no podía escapar de las contradicciones. Siendo un solitario, no pudo resistirse al llamado de las masas. Al tiempo que deploraba la guerra, alababa el ardor bélico. Comparando su poesía con su prosa, se revela «inferior a sí mismo»: alambicado y rudo, retórico y natural. De espíritu anárquico, lo vemos convirtiendo un grupo literario en partido político, al que luego abandonará a su suerte. Les tocaría a otros diseñar los programas políticos, a otros ser los hombres de Estado. González Prada estaba allí para señalar y atacar, para destruir y allanar las ruinas donde otros debían construir.

Su discurso más célebre es el leído en el Teatro Politeama el 29 de julio de 1888, en el marco de la gran colecta nacional organizada por los escolares de Lima con el fin de reunir mil soles para rescatar las provincias de Tacna y Arica. En este discurso, leído por un estudiante y al que asistieron el presidente, sus ministros y, en definitiva, la alta aristocracia limeña, González Prada se despacha contra todo lo rancio de la república y acusa a los culpables del fracaso ante Chile, que en definitiva son todos los peruanos de las generaciones anteriores a esos niños que «se juntan hoy para dar una lección a los que se acercan a las puertas del sepulcro», pero sobre todo a gobiernos e hipócritas gobernantes. Condena la versatilidad en el amor a los amigos y en el odio a los enemigos y acusa la ignorancia y servilismo del pueblo peruano como sus verdaderos verdugos. Invoca el odio al invasor chileno al tiempo que hace un llamado a no desesperar, a tener paciencia y fe en el porvenir. Allí es pronunciada una sentencia que perduraría en la memoria de sus seguidores y detractores: «¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!». Los viejos son quienes, más allá de su edad, se aferran a los errores y los vicios del pasado; los jóvenes son quienes, como él, se aperciben a enmendar esos errores y extirpar los tumores que corrompen a su pueblo. A ellos parece decirles con Quasimodo:


Olvidad, oh hijos, las nubes de sangre

que suben de la tierra, olvidad a los padres:

sus tumbas se hunden en las cenizas,

las aves negras, el viento, cubren su corazón.


De su generación insiste en afirmar que no ha habido generación que herede un Perú más destruido y por hacer:


De todas las generaciones nacidas en el país somos la generación más triste, más combatida, más probada. El terremoto derriba nuestras ciudades, el mar arrasa nuestros puertos, la helada y las criptógamas destruyen nuestras cosechas, la fiebre amarilla diezma nuestras poblaciones, la invasión extranjera tala, incendia y mata, y la guerra civil termina lo que la invasión empieza. A nuestros pies se abre un abismo, a nuestros costados se levantan dos muros de bronce; pero ¡no desmayemos! Imitemos al Gunnar de las leyendas escandinavas, al héroe que entona su himno valeroso, mientras en su cuerpo se enroscan serpientes y se apacientan víboras.


Y luego sigue diciendo que «ninguna generación recibió herencia más triste, […] ninguna tuvo deberes más sagrados que cumplir, errores más graves que remediar ni venganzas más justas que satisfacer».

La guerra con Chile es el tema principal de la segunda parte del libro, y en la tercera se vuelca hacia la religión: clericalismo, fanatismo, instrucción religiosa, censura literaria y periodística, inundación de congregaciones, intransigencia y perjuicio tanto de obispos «que todavía guardan en sus cerebros el pliegue de la Edad Media» como del solapado sacerdote extranjero, que «procede con dulzura y miramientos, con lentitud y cautela», pero trabaja y corroe «como las hormigas blancas en el maderaje de una casa o las madréporas en las aguas del mar; notamos la magnitud de la obra cuando las vigas se desploman sobre nuestra cabeza o el arrecife despedaza la quilla de nuestro buque».

Al final de esta tercera parte retoma el ataque político con el artículo Propaganda y ataque, acaso el más radical de todos, especie de compendio de los anteriores, en el que empieza, como en la conferencia en el Ateneo, criticando duramente la mediocridad y venalidad de la literatura peruana y prosigue contra el catolicismo para despacharse luego contra pueblo, congreso, poder judicial y gobierno, en los que «todo fermenta y despide un enervante olor a mediocridad». «Hoy el Perú es organismo enfermo: donde se aplica el dedo brota pus», sentencia. Propaganda y ataque son las labores primordiales del escritor: propaganda a las reformas sociales y ataque a política y políticos. Acá es evidente su carácter anarquista: «el escritor debe inferirse en la política para desacreditarla, disolverla y destruirla». Para él ya el Dios-Iglesia está dando sus últimos estertores, y se afana por que el Dios-Estado corra con la misma suerte. Parece decir con Thoreau: «El mejor gobierno es el que gobierna menos», aunque aún se le ve un tanto contenido, tímido para dar el siguiente paso y concluir que «el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto».

Ya en la cuarta parte se ocupa de la crítica literaria. Amante y partidario como fue de la literatura francesa, así como feroz e inclemente con la literatura española de su tiempo, luego de hacer apología a Victor Hugo, «el poeta del Siglo», que acababa de morir, y a Renan, con quien es igual de dulce en el elogio como en el reproche, la emprende contra Valera y Castelar. De Valera dice que se cree poeta, y viéndolo ya en el suelo, como el toro que se dispone a morir, no hace la del buen matador que pide a sus subalternos dejar morir en paz al animal, sino que más se ceba con él y no le propina el tiro de gracia sino hasta después de haber fingido benevolencia: al final, al igual que hacía el mismo Valera en sus críticas, aplica González Prada un cataplasma en las heridas de aquél y lo hace figurar, cuando ya el daño está hecho, «como uno de los talentos más cultos y más variados de España y aun de Europa», para enseguida terminar de dilapidarlo. A Castelar lo llama «ilustre calamidad»; inmaduro, superficial y discordante en las ideas, en el estilo «los sustantivos de Castelar desfilan con sus adjetivos como interminable hilera de cojos y paralíticos apoyados en sus muletas».

Prosigue la crítica literaria al inicio de la quinta y última parte de esta obra, donde el propinador de palizas se ocupa de Núñez de Arce, primero reconociéndole los «títulos de reyecía literaria en Raimundo Lulio, la Pesca, el Idilio, la Visión de Fray Martín y algunas diez producciones más, que vivirán tanto como la lengua castellana», para después destruir la que seguramente el autor contaba entre sus más grandes obras e incluso considerara quizá la mayor de ellas: Los Fragmentos de Luzbel. Aquí sale a relucir el González Prada aficionado a la Química y peca de fastidioso al juzgar los versos del poeta español con toda la severidad con que un científico calificaría los exámenes del alumnado en una facultad de Ciencias. Claro, era el siglo XIX, en el que, talvez más que ahora, la ciencia creía, como dicen aquellos versos de José Emilio Pacheco, «disfrutar del monopolio eterno de la magia».

Para abreviar, culmina esta última parte con las Notas acerca del idioma, donde expone sus propuestas sobre cómo debe escribir el escritor del siglo en Hispanoamérica: claridad, concisión, contemporaneidad, correspondencia entre lengua escrita y oral; en fin: que pueblo y escritores hablen la misma lengua. Luego una maquiavélica apología a la Revolución francesa y, para terminar, un texto hermoso y brutal como la hoja de una cimitarra: La muerte y la vida. Aquí Prada es el filósofo pesimista, mas no tocado por el ácido corrosivo del nihilismo, que discurre sobre la condición humana con una antorcha en una mano y un machete en la otra. Si Nietzsche gustaba de filosofar a martillazos, aquí González Prada lo hace a machetazos, no inventando conceptos ni ideas nuevas, sino abriéndose paso por monte espeso en medio de la noche del espíritu.

En fin; en esta obra clásica americana, se nos presenta íntegro Manuel González Prada, con toda su sinceridad, su entereza, su honradez. Desde la esfera literaria, que era la suya, se nos revela en toda su dimensión cuando dice: «Sea cual fuere el programa del Círculo Literario, hay tres cosas que no podemos olvidar: la honradez en el escritor, la verdad en el estilo y la verdad en las ideas. […] sólo con la honradez en el escritor, sólo con la verdad en los escritos, haremos del Círculo Literario una institución útil, respetable, invencible». Pero también con sus dudas, sus amarguras y su desaliento: «Las frases homéricas “Tierra-madre, dulce vida” ¿son ilusiones de poetas, o hay instantes en que saboreamos la dulzura de vivir y contemplamos a la Tierra como buena y amorosa madre? Tal vez; pero en el combate diario, en casi todas las horas de nuestro desaliento, pensamos como Lucrecio: “Si los dioses existen, se bastan a sí, gozan tranquilamente de su inmortalidad sin acordarse de nosotros”», dice en el entierro de Luis Márquez. No hay en su escritura pose ni palabra vana: sólo el hombre desnudo con su verdad.

Apenas un mes después de fundada la Unión Nacional, Prada parte para Europa con su esposa Adriana Chalumeau, después de haber perdido dos hijos al poco tiempo de nacer, en 1889 y 1890. Parece ser que las condiciones que puso Adriana para el parto de un tercer hijo que esperaban fueron que no llevara el nombre de ninguno de los Prada, que no fuera bautizado y, sobre todo, que no naciera en el Perú. Así se hizo, y Alfredo González Prada, nacido en París en octubre de 1891, se convertiría en un importante editor (editó varias de las obras de su padre en Nueva York) y viviría hasta los cincuenta y dos años.

Siete años permanecen en Europa, entre España y Francia. En esta última ciudad se publica la primera edición de las Páginas libres, en 1894, la cual llegaría a Lima a finales del mismo año, siguiéndole el autor a finales de 1898, con un bagaje anarquista que lo lleva a atacar el partidismo —incluida a la Unión Nacional—, rechazar la candidatura a la presidencia de la república y, finalmente, en 1902, abandonar el partido que él mismo había fundado y dirigido en sus inicios. El convencido demócrata ha tomado la senda del Anarquismo, manifiesto en sus posteriores obras en prosa, como Horas de lucha (1908) y las póstumas Bajo el oprobio (1933), Anarquía (1936) o Propaganda y ataque (1938).

Censurado, atacado, difamado, «se prohibía que hablase en público, y él hablaba. Se impedía la impresión de los periódicos donde escribía, y él fundaba nuevos periódicos de vida pasajera», como él mismo denunció en su artículo Libertad de escribir. Probaban a comprarlo con cargos y prebendas, mas él permanecía incorrupto, señero, con su pluma afilada y su voz potente. El único cargo que llegó a aceptar, por convicción, fue el de director de la Biblioteca Nacional, cargo en el que reemplazó a su vetusto rival literario e ideológico Ricardo Palma, cuya desastrosa dirección tuvo que enmendar el nuevo funcionario. Hasta allí fue a visitarlo Vallejo, poco antes de la muerte del limeño, tras lo cual escribió una breve y conmovedora crónica que incluimos aquí a modo de epílogo.

Muere Manuel González Prada, sin una queja, el 22 de julio de 1918, mientras se preparaba para salir de su casa rumbo a la biblioteca que ya no vería más su egregia y vertical figura. Al igual que Vigil, a quien retrata en la tercera parte de esta obra, «murió de simple bibliotecario», y como él permanece «invulnerable y de pie» en las afortunadas inteligencias que aún degustan sus palabras.

Volviendo a Vallejo, ocurre que al día de hoy la única noticia que muchos americanos tienen de González Prada es la dedicatoria que de Los dados eternos le hiciera el poeta santiaguino: «Para Manuel González Prada esta emoción bravía y selecta, una de las que, con más entusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro». Para otros cuantos, serán los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana el contacto con éste que, imagino, habrá pasado para muchos como un peruano más. «Venerado y temido en el Perú, pero casi desconocido en el ámbito latinoamericano a pesar de la recepción que llegó a tener en el primer tercio del siglo XX», pareciera que en casi la totalidad de nuestra América lo hubiese cubierto el silencio, un silencio piano, no de escandalosa censura sino de polvoriento olvido. A intentar poner remedio a esta torpeza se orienta esta nueva edición de las Páginas libres, que inaugura nuestra Colección Fundadores, repitiendo: «Día vendrá en que la América lo señale como a uno de sus más genuinos guías y normas de su fe. ¡Fe que será futuro a fuerza de inspirarse en lo pasado!».


Cristancho Duque, editor

 

Título: Páginas libres

Autor: Manuel González Prada

Género: ensayo peruano, discursos

Presentación: Cristancho Duque

Estudio crítico: Rufino Blanco-Fombona

Epílogo: César Vallejo

Ediciones Letra Dorada, 2022

ISBN: 978-958-49-5261-5

352 páginas

Pasta blanda

Ejemplares cosidos y encuadernados manualmente por expertos.


Puedes descargar gratis una muestra de 157 pp. en este enlace y adquirir el libro en nuestra página web.


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