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Manuel González Prada: Libertad de escribir

En este ensayo, incluido en la tercera parte del libro Páginas libres, Manuel González Prada (Lima, 1844-1918) realiza un recorrido por la censura literaria y periodística en el Perú al tiempo que hace una brillante defensa de la libertad de escribir.


I

Cuando ejercemos cargos concejiles, pagamos contribuciones o salimos a morir en el campo de batalla, nadie averigua nuestra manera de pensar; pero el día que emitimos francamente nuestras ideas, caemos bajo la férula de ministros, fiscales, alcaldes, prefectos, subprefectos, gobernadores, comisarios, alguaciles, monaguillos, curas, canónigos, obispos y arzobispos.

En el teatro nos vemos ante la Comisión de Espectáculos, especie de Inquisición formada por hombres ignorantes que se arrogan la facultad de poner límites a la inspiración del dramaturgo y practicar con hacha de leñatero amputaciones que necesitan bisturí de cirujano.

En el periódico no tenemos la censura previa, sino la licencia difícil y morosa, la fianza personal, la caución pecuniaria, el hisopazo del obispo, la denuncia del fiscal, el sablazo del prefecto, la mordaza del intendente y la emboscada del esbirro.


II

El Reglamento de Teatros, vigente desde 1849, parece redactado por doncellas que hacen su primera comunión. Para juzgarle, véase una sola muestra:

Artículo 34. — Cuando el censor sólo encuentre impropias o indignas de exhibirse una o algunas escenas, pasajes o frases de las obras, no prohibirá su representación, sino que suprimirá o sustituirá las partes censurables, si de ello no resultase deformidad.

Así, pues, cuando la Junta censora (hoy Comisión de Espectáculos) reciba una tragedia de Quintana, una comedia de Bretón o un drama de Echegaray, el censor de turno, ya sea leguleyo, mercachifle o boticario, tiene derecho de enmendar los yerros a un Echegaray, a un Bretón o a un Quintana.

Y esa manía de alterar o mutilar obras se propaga de modo amenazante: cómicos de legua, motilones hasta no leer de corrido, agregan, quitan, dislocan, descomponen y componen escenas enteras; así que muchos dramas representados en Lima no serían conocidos ni por sus mismos autores.

La Comisión de Espectáculos, tan meticulosa en conceder pase a comedias erizadas de algunas púas contra Gobiernos o Congresos, contribuye más que nadie a convertir el escenario en plaza de toros al fomentar la representación de inepcias concebidas por cerebros completamente desequilibrados.

Hay ojos de lince para descubrir entre renglones la más leve alusión a los hombres públicos, y ceguera de topo cuando llega el caso de ver posturas pornográficas, bambulas africanas o bailes de vientre. Especialistas en Coreografía, los miembros de la Comisión avalúan el mérito de las artistas por el diámetro de las pantorrillas, la transparencia en el calzón de punto y la mayor amplitud del ángulo formado con las piernas.

La Comisión, que traquea siempre a los autores nacionales como el dómine al discípulo, no se muestra más complaciente con actores, dueños de teatros y empresarios: a todos les considera como dependientes, subordinados o domésticos de la Municipalidad. A más, algunos buenos señores, figurándose que las diversiones públicas son filones de riqueza pública, esquilman al empresario y al actor con gastos de licencia, multas y cuanta gabela cabe imaginarse. No se cuenta las entradas de favor y localidades gratis para los miembros de la Comisión, sus parientes y sus amigos, aunque, según declaración de un empresario, ascienden a número considerable.

Por fin, en la Comisión de Espectáculos, todos hacen y deshacen de los edificios, como atacados de monomanía arquitectónica: uno manda condenar una puerta, otro abrir una claraboya, éste ensanchar un pasadizo, aquél bajar un techo, sin que falte alguno que ordene dorar las cornisas o poner asientos colchados para que descanse muellemente su esposa o su querida.

En todos los países civilizados, el Gobierno, lejos de ver en los teatros un filón que beneficiar, les otorga pingües subvenciones; en el Perú se fomenta el más cruel y más repugnante de los legados españoles, la lidia de toros. Si estamos lejos de producir un Corneille y un Talma, quizá poseeremos antes de mucho, veinte rivales de Cúchares y Pepe Hillo.


III

Por aberración inaudita, vivimos hoy bajo la Ley de Imprenta promulgada en 1823, allá cuando el Perú era una especie de antropoide que no había concluido de amputarse la cola monárquica.

El Código Penal de 1862 no avanza mucho sobre la Ley Orgánica de 1823: las penas señaladas a los hombres que intenten mudar la religión del Estado escandalizarían a los menos intolerantes. Algunos artículos de tal Código parecen fragmentos arrancados a un concilio del siglo IV.

Setenta años de labor parlamentaria no han bastado para elaborar una buena Ley de Imprenta. Y sobran razones para temer un retroceso el día que senadores y diputados modifiquen la Ley de 1823. Los Congresos del Perú se han convertido en viejos y desestañados alambiques: todo licor que destilan tiene dejo a cobre.

El escritor irreligioso no sufre hoy la pena de asistir leprosos o enterrar muertos; pero corre peligro de verse condenado a expatriación o arresto mayor. Felizmente, la tolerancia de los pasados gobiernos, la independencia del Jurado y el buen juicio del pueblo sirvieron de correctivo al espíritu menguado de la Ley. No puede negarse que en el carácter nacional se encierra un fondo de tolerancia: salvo uno que otro pueblo hipnotizado y aguzado por el clero, el Perú rechaza hoy la persecución religiosa.

Rara vez las autoridades laicas inician la denuncia de escritos contra el dogma o andan a caza de herejes y librepensadores. Parodiando a Federico el Grande, los gobernantes del Perú dejan escribir herejías con tal que les dejen cometer barbaridades. La autoridad eclesiástica da el grito de alerta para que la autoridad civil ordene la denuncia del escrito y abra juicio al autor; los clérigos, como sabuesos de buen olfato, husmean el rastro y menudean los latidos, para lanzar al galgo en la pista del venado.

El Gobierno toma la cuestión a cargo y despliega la autocracia de su poder, cuando se trata de escritores oposicionistas y periódicos que no siguen las aguas de los subvencionados: no hay voz, diario, libertad ni garantías para el hombre que ignora la consigna ministerial, que protesta de obedecer sumisamente las órdenes prefecturales o resiste a sufrir una depresión moral en las antesalas de Palacio.

Para impedir que alguno hable, se recurre al uso primitivo de taparle la boca. Y el día que se impone silencio al escritor independiente y valeroso, nadie se da por entendido, todo el mundo calla en bloque: el Congreso discute el ascenso de un coronel o la demarcación territorial de Chumbivilcas, mientras los diarios llenan sus columnas con editoriales sobre la canalización del Rímac o la colonia alemana del Pozuzo.

Para disimular lo tosco del uso primitivo, los gobiernos emplean el régimen de multas y depósitos: nadie funda periódico ni sigue publicando los fundados sin depositar quinientos soles. Tras el depósito, viene inmediatamente la multa, de modo que cada artículo de oposición cuesta bien caro. Entiéndase que depósitos y multas rezan sólo con los diarios independientes, o mejor dicho, semanarios, porque la independencia se manifiesta en nuestro periodismo con intermitencias hebdomadarias. Sin embargo, esos periodiquillos intermitentes o eventuales, algunas veces heroicos, encierran la única expresión sincera del sentimiento popular.

Hoy no existe, pues, libertad en el diario ni independencia en el diarista, y la oposición anodina de uno que otro editorial se reduce a fórmula o convenio de partes con el fin de guardar las apariencias: no asistimos a batalla donde se arroja plomo, sino a simulacro donde se quema pólvora.

Todos los gobiernos, al inaugurarse, «ofrecen garantías a la emisión del pensamiento, y se congratulan de ver en la prensa o cuarto poder del Estado un colaborador inteligente para la magna obra de la regeneración nacional». Otorgan unos pocos meses de respiro y desahogo; pero insensiblemente resbalan por la pendiente del abuso y concluyen por justificar a los anteriores gobiernos. Entonces regresamos a la vida normal: en nuestro régimen político, la legalidad y la justicia figuran como breves interregnos.

Los Vivancos y los Echeniques, los Baltas y los Piérolas, los Iglesias y los Cáceres, fueron en la prensa del Perú como tiburones en el mar.


IV

Cuando faltan garantías para censurar a las autoridades, cuando en la graves cuestiones políticas, religiosas y sociales no se puede emitir libremente las ideas, o los hombres enmudecen o consagran toda su fuerza intelectual a discusiones insípidas, rastreras y ridículas. Toda prensa con mordaza termina por engolfarse en la pornografía, la lucha individual y el interés casero. El periódico no es ya río que sale de madre para fecundizar el campo, sino mal canalizado albañal que con sus miasmas pestilentes infecta el aire de la ciudad.

Nuestro periodismo lo comprueba. ¿Qué vemos en editoriales? Pesadas adulaciones al Gobierno, escritos que infunden sueño, literatura de cachalotes, buena para ser leída por elefantes. ¿Qué vemos en crónicas y comunicados? Improperios contra el candidato que no fomenta la impresión, insolencias que revuelven la bilis, literatura de verduleras, buena para ser leída por meretrices. Profesión semejante concluirá por llamarse empresa industrial de gitanos que compran a resmas el papel blanco para embadurnarle de tinta y venderle por hojas sueltas.

Para elevar el espíritu de una prensa no hay remedio mejor que libertarla. El diario más libre a la vez que más instructivo y moderado se encuentra hoy en la Gran Bretaña. Cierto, el periódico inglés, sea cual fuere su tinta, defiende primero que todo los intereses británicos; pero también concede amplio lugar a los intereses humanos: al abrir un buen diario de Londres, sabemos lo que se realiza en el mundo entero. Ahí no se acostumbra ya el pugilato de dos individuos en las columnas de un periódico; y recuérdese que Inglaterra, antes de conquistar sus libertades públicas, fue la tierra clásica del ataque virulento, del insulto procaz, del panfleto soez. Con la palabra sucede lo mismo que con el agua: estancada, se corrompe; movida y agitada, conserva su frescura.

Siguiendo el ejemplo de Inglaterra, las naciones más civilizadas tienden a eliminar obstáculos para la emisión del pensamiento: los diarios de Estados Unidos, Italia, Bélgica y hasta España, encierran enormidades que en el Perú no se imprimieron nunca ni se imprimirán tal vez en muchos años. Todas las cuestiones son dilucidadas; y todas las ideas, por absurdas y estrafalarias que parezcan, poseen su órgano y su público. Y nadie goza de privilegio. No se hable de Estados Unidos, donde el presidente de la República sufre una incesante descarga de todas las baterías demócratas si es republicano, y de todas las republicanas si es demócrata; pero hágase una rápida excursión a las monarquías, y se verá que ni el mismo soberano se libra de la caricatura o del ataque personal. En el Perú sucede lo contrario: nuestros gobernantes se consideran como ungidos del Señor, como fetiches que no podemos tocar ni para sacudirles el polvo. No aguantan más golpe que el del incensario.

Lo que en las naciones más cultas sucede con el periódico se realiza también con el teatro. Verdad, la censura no ha desaparecido, y en algunas partes reina tan mezquina y meticulosa que, en Francia por ejemplo, los autores nacionales se ven obligados a pedir la hospitalidad de los teatros belgas. Sin embargo, en medio de las restricciones, el dramaturgo dispone de grandísima latitud para evolucionar: plantea y resuelve los más arduos problemas sociales, dirige flechazos a las cabezas más levantadas. Cuando en las tablas no desfilan los individuos con sus propios nombres, figuran con señales tan marcadas que todo el público sabe de quién se trata y adónde va el tiro. En las revistas del año, la rociada empieza muchas veces con el primer mandatario y acaba con el último alguacil: cada uno con sus nombres o apodos.

Y ¡aquí nos hacemos cruces con la caricatura, nos escandalizamos con el semanario picaresco donde asoman algunas punzadas contra las autoridades y ponemos el grito en el cielo por la comedia salpimentada con una que otra alusión personal! Nos pagamos de frases huecas y sofísticas, y creemos haber penetrado en el Polo Norte cuando cometemos la perogrullada de invocar «el santuario de la vida privada», hablamos de acogernos «al sagrado del hogar doméstico» y sentamos el principio de combatir las ideas del hombre público sin entrar en las faltas del individuo.


V

La distinción entre vida pública y privada, esa invención de los astutos para blindarse el sitio vulnerable, presenta su lado cómico, pues el individuo que al sentirse herido por un saetazo demanda si el tiro va lanzado contra el hombre público o el privado, no hace más que parodiar a Maître Jacques, al anfibio criado de Harpagon, cuando preguntaba socarronamente a su amo: «¿Con el cochero habla usted o con el cocinero?».

La vida pública se reduce a la prolongación de la vida privada, como la sociedad se reduce también al ensanchamiento de la familia, y nadie, por más agudeza de ingenio que tenga, puede señalar dónde acaba o dónde empieza la publicidad de un acto. Con uniforme oficial o traje casero, en el sillón de la oficina o en el sofá del dormitorio, el hombre conserva su identidad y vive la misma vida. El criminal es tan criminal en su casa como en la plazuela, la hiena es tan hiena en la jaula como en el desierto.

Lo que irónicamente dijo Larra de la verruga y de la moza¹ debe tomarse a lo serio, si para derribar, por ejemplo, a un mal ministro, hacer destituir a un juez prevaricador o dar en tierra con un prefecto rapaz, no se conoce medios más eficaces que cebarse en la moza y la verruga. ¿Por qué no insistir en el defecto corporal? Quién sabe la psicología de ciertos individuos se explica bien con la desviación siniestra de los ojos o el arqueo de la espina dorsal. Las anomalías de conformación suelen acarrear imperfecciones morales. No se cura al enfermo colocándole bajo su almohada un libro de Terapéutica o Cirugía, sino propinándole drogas o ejecutándole operaciones quirúrgicas; no se escarmienta ni se corrige a un mal hombre público regalándole el Espíritu de las Leyes, sino haciéndole beber tinta saturada con hiel o clavándole la pluma unos cuantos milímetros más allá de la epidermis.

Donde la actividad pública se resume en el choque de intereses individuales, hay que derrocar personas antes de elucidar principios. ¿A qué revestirnos de mansedumbre que no poseemos? ¿A qué endulzar jesuíticamente las frases que destilan veneno? ¿A qué fingir que tiramos al aire, cuando dirigimos la flecha contra el ojo de Filipo? En vez de alusiones hipócritas o solapadas, en vez de murmuraciones callejeras o comunicados anónimos, venga el leal y desembozado ataque al grupo o al individuo. Hasta en la lucha de ideas sirven de blanco los hombres que las encarnan; de otro modo, la vida se convertiría en guerra de sombras, la historia en procesión de espectros. Cuando combaten dos ejércitos no se entretienen en destrozar a balazos las banderas enemigas: dirigen el tiro al pecho de los soldados que las tremolan.

Y ¡qué!, el agresor ¿se libra de convertirse en agredido? Quien da estocadas certeras ¿no se expone a recibir mandobles mortales? Los políticos se defenderán astuta y eficazmente, porque no usarán el ataque de los galos, que se desnudaban el pecho, sino la emboscada de los pabellones negros que abren su agujero en la tierra, se ocultan, y el instante menos pensado descargan el rifle a la espalda del enemigo.

Cierto, el individuo que no se injiere en las luchas políticas y vive modestamente confinado en la penumbra del hogar, puede exigir el silencio y el olvido; a nadie toca, nadie tiene derecho de tocarle; pero el hombre que se lanza a la contienda pública y osadamente se expone a la luz meridiana en calles y plazas, no debe lamentarse ni protestar al verse examinado con microscopio y descrito en sus más minuciosos rasgos intelectuales, morales y físicos: sube al escenario, y todos adquieren derecho de aplaudirle o silbarle.

Y conviene no reconocer diferencia entre el político de acción y el periodista, considerándole como un político pasivo: el hombre que se instituye juez o acusador de los gobiernos, director espiritual de las muchedumbres y propagandista o defensor de una idea, ese hombre ejerce una función pública: pertenece a todos como el actor y el político. ¿Quién ignora que la palabra elocuente de un periodista ejerce más influencia en la marcha de un Estado que las leyes de un Congreso y los decretos de un Ministro? Si es mucha la acción, que sea mucha la responsabilidad. Y ¿ante quién se hará efectiva?, sólo ante la opinión pública que para fallar bien necesita conocer la vida íntima del periodista.

Se ha dicho con muchísima razón: «Los hombres que gastan su actividad en las luchas políticas y ejercen acción sobre los acontecimientos del mundo, pertenecen a la discusión y no se escaparán con la muerte ni con el tiempo». En la historia de la Humanidad abundan exhumaciones de vidas privadas, y nadie protesta. Si juzgamos a los muertos, que no pueden defenderse ni atacarnos, ¿por qué no juzgaremos de igual modo a los vivos, que tienen lengua para hablar y manos para mover la pluma y la espada?

No hay, pues, derecho de abroquelarse en la inviolabilidad del hogar, mucho menos cuando se aparenta vivir como la doncella en el claustro y se vive como el cerdo en la pocilga. Por el contrario, todos deben allanar la casa del hipócrita para exhibirle y escarnecerle, haciendo que su castigo sirva de provechosa lección. El hombre público no queda salvo ni se reviste de carácter sagrado, por acuclillarse en un rincón de su alcoba o introducir la cabeza en su vaso de noche. Porque la víbora se guarece en su nido ¿dejamos de aplastarla? Porque el tigre se esconde en su cubil ¿dejamos de abalearle?

Una sola cosa debemos a nuestros semejantes, la verdad; por lo demás, siendo irrefragables como un axioma, podemos ser violentos como una tempestad. No importa que a la altivez y franqueza en el hablar llamen difamación los pecadores: hipócritas, pero no arrepentidos, que sientan zumbar el azote justiciero.


VI

Nosotros, como habitadores de verdadero limbo intelectual, nos encontramos en condición de recibir un rayo de luz, venga de donde viniere, necesitamos amplísima libertad en periódicos y teatros.

En el teatro, suprimamos censuras previas y Comisiones de Espectáculos, alentemos al escritor nacional haciendo que sus obras sean representadas bajo su dirección, y dejemos al público frente a frente del autor para que ensalce al bueno y ejecute al malo. No temamos la invasión de lo deforme ni el entronizamiento de lo nauseabundo y pornográfico: nuestro nivel moral no lo consiente ya, y si lo consintiera, no habría por qué lamentarnos: pueblo capaz de gozarse en la representación de un drama pornográfico y nauseabundo, recibe la obra que merece. España nos da el ejemplo: en Madrid no existe censura teatral. ¿Acaso los teatros barceloneses y madrileños se distinguen por la relajación y la licencia? Nada, pues, de leyes arcaicas y restrictivas: acudan todos, buenos y malos autores, que el tiempo depurará las obras para conceder a las buenas el lugar debido. Como en el orden físico el monstruo perece, así en el mundo intelectual lo malo desaparece en el olvido.

En el periódico, no abandonemos al publicista bajo la tutela de prefectos y subprefectos, suprimamos el cúmulo de trabas para la fundación de un diario, y sólo en caso de injuria inmerecida o de imputación calumniosa, dejemos a ofensor y ofendido batallar con el Jurado. ¿Hay algo tan ilógico y tan absurdo como penar la injuria merecida y la difamación cuando se prueba la verdad del hecho imputado? Si llamamos estafador al estafador, falsario al falsario y asesino al asesino, aparte de no decir más que la verdad, practicamos la buena acción de informar a los hombres honrados para que se guarden y precavan del estafador, del falsario y del asesino. ¡Cómo!, un ladrón me desvalija en una calle pública, cien testigos presencian el acto, la justicia impone una pena al delincuente, la sentencia se publica en los diarios, y yo no puedo afirmar con la pluma que mi ladrón es un ladrón. Se dirá que el delincuente de ayer puede ser hoy un hombre honrado; posible, y en ese caso le queda la misma prensa donde se le difama para manifestar su arrepentimiento y su corrección. El solo hecho de considerarse a la difamación como un delito, manifiesta que las leyes sociales se fundan en la hipocresía.

¿Por qué autorizar la injerencia del Clero en cosas de imprenta? ¿Por qué reconocer en el Código penal delitos y faltas contra la religión? Si castigamos al filósofo que en sus disquisiciones no se conforma con el Catecismo de Perseverancia, ¿por qué no castigamos también al teólogo que en sus panegíricos infringe el Arte de Hablar? Pecado contra pecado, tanto vale ofender el dogma como quebrantar las reglas del buen decir. Establézcase, pues, Jurados mixtos; y si un obispo denuncia un folleto contra la pureza de María, que un literato denuncie una pastoral contra la Gramática.

El Estado, al infligir penas por los delitos religiosos, se arroga el derecho de fallar en asuntos que no conoce ni le competen. ¿Cómo sabe que la religión católica es la única verdadera? Al afirmarlo implícitamente con sus leyes, se convierte en Concilio ecuménico, falla ex cátedra y se infiere en cuestiones resueltas por alguien más competente que el Estado —la Ciencia. A más, cuando se pena al hereje y al incrédulo, se corre el peligro de herir a la parte más esclarecida de la sociedad, a la que sabe y piensa. Aunque la Iglesia fragüe leyendas sobre la vida y muerte de sus enemigos, el dictado del hereje, en lugar de significar vergüenza y oprobio, sirve de timbre glorioso para designar al hombre que desea ver con sus ojos y caminar con sus pies.

Muchos apologistas de la secta romana ven un milagro patente de la divina Providencia en el establecimiento, propagación y persistencia del Catolicismo. ¿Por qué tanto miedo entonces a la libertad de imprenta y a la propaganda irreligiosa? ¿Temen acaso los hombres creyentes que con el simple artículo de un hereje la divina Providencia varíe de convicción y cese de continuar el milagro?

Con la libertad de imprenta se concede al Catolicismo una ocasión magnífica para confundir a sus detractores, afianzar su triunfo y más que todo justificar sus jactancias, porque no hay mucho mérito en dar por refutado al contendor que no pudo argüir ni por vencido al combatiente que no tuvo arena para luchar. Si la religión católica se llama luz, ¿por qué teme las tinieblas? Si fuerza, ¿por qué rehúye el combate? Si verdad, ¿por qué se asusta con el error?

Los católicos arrojan el guante, desafían con altivez de caballeros a sabios y filósofos; pero observan la buena preocupación de cortar las manos al paladín que intenta recogerlo. La Iglesia comprende muy bien su precaria situación y no admite la lucha leal en campo abierto: sabe que basta luz en candil para desvanecer sus sombras chinescas, que sobran los dientes de mediana pluma para destripar su Firmamento de baudruche. De ahí su despotismo: nada tan cruel, tan opresor ni tan intolerante como una religión en las postrimerías de su existencia. Su rabia recuerda la rabia del tigre acorralado por los cazadores, su despecho recuerda el despecho del escorpión rodeado de carbones ardientes.

En ningún tiempo ni en ningún país convino más la libertad de escribir que hoy en las naciones sudamericanas. Las ideas muertas y enterradas ya en Europa, renacen para cundir y dominar en el Nuevo Mundo. Bajo diferentes disfraces y con distintos nombres, las falanges retrógradas nos invaden. Colombia, Ecuador, Bolivia y el Perú mismo, les sirven de fortalezas y cuarteles generales. La última batalla contra lo viejo y lo malo tiene que darse aquí, batalla formidable y tenaz, porque las preocupaciones religiosas se parecen a los bueyes de la Odisea, que muertos y asados mugen.

A todas horas y en todas partes se clama por la regeneración nacional. Pues bien, seguiremos siendo lo que somos, la forma republicana continuará como frase de lujo en Constitución de parada, mientras el último de los peruanos carezca de libertad para emitir sus ideas o no disfrute de garantías para encararse con el poder y fustigarle por las concusiones, las ilegalidades y las injusticias.

Hay hombres civilizados que logran atrofiar la cabeza de los vivos, como los Guambizas del Morona consiguen reducir a pequeñas dimensiones el cráneo de los muertos. Con nuestra Ley de Imprenta, los peruanos concluiremos por llevar en los hombros la cabeza de un mono microcéfalo.


1889

 

1) Mariano José de Larra, «La polémica literaria». En La Revista Española, Periódico Dedicado a la Reina Ntra. Sra., n.º 84, 9 de agosto de 1833, Madrid. [N.E.]

 

Manuel González Prada, Páginas libres. Ediciones Letra Dorada, 2022

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