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Manuel González Prada: Victor Hugo

Con motivo de la muerte de Victor Hugo, en 1885, escribe González Prada un emotivo y lúcido ensayo sobre la vida y la obra del “poeta del siglo”, recogido luego en el volumen Páginas libres, vuelto a publicar recientemente en nuestra Colección Fundadores. Amante como era de la literatura francesa, no podía dejar de homenajear al que fuera, según sus palabras, el Napoleón de la palabra. Aquí la suya que con maestría repasa las campañas del escritor francés.


I

Victor Hugo ha muerto. El poeta del Siglo, el eco sonoro colocado en el centro de nuestra sociedad, acaba de extinguirse.

Para escribir la vida del ilustre muerto se necesitaría comprender la historia literaria de nuestro siglo. Lo que un autor francés afirmaba de Saint-Beuve debe con más razón aplicarse a Victor Hugo: «Ningún hombre de su época se rozó con mayor número de ideas». Ninguno, tal vez, realizó con la pluma prodigios mayores: él destruyó para construir, sublevó el espíritu nuevo contra el espíritu viejo y convirtió en campo de batalla la república literaria del siglo XIX.

Su nombre, como el Islam y sangre de los mahometanos o el Santiago y cierra España de las huestes castellanas, repercutía como grito de combate. Cuando el cuerno de Hernani resonaba, todos los espíritus independientes se apercibían a luchar, porque el romanticismo francés, que había empezado con Chateaubriand por una exaltación algo mística y algo monárquica, se fue modificando con Victor Hugo hasta significar emancipación del pensamiento, quiere decir, libertad en la Ciencia, en el Arte y en la Literatura.

Siempre que Victor Hugo quiso levantar su voz de bronce, todos guardaron silencio para recoger las palabras y entregarlas a los vientos de la Tierra. Los escritores de su tiempo le apostrofaban como Dante a Virgilio: «Tú eres el guía, el señor y el maestro».

Aunque los naturalistas pretendan derivarse de Stendhal y Balzac, revelan a cada paso la filiación romántica, dejan ver que avanzan en la inmensa trocha montada por el hacha de Victor Hugo. Zola, en sus continuos arranques de mal humor, rabia de seguir involuntariamente el impulso del Maestro y no poderse quitar el penacho romántico.

Ser traducido al español, inglés, italiano, alemán, griego y ruso, saliendo a luz lo mismo en París que en Madrid, Londres, Roma, Berlín, Atenas, San Petersburgo, sólo él lo consiguió. En todas partes se introdujo a dominar, a imponerse. ¿Qué literatura no conserva hoy huellas de imitación romántica?¹


II

Victor María Hugo nació en Besançon el 26 de febrero de 1802, y fueron sus padres el General José Leopoldo Segisberto Hugo, hijo de un carpintero de Nancy², y Sofía Francisca Trébuchet, hija de un armador de Nantes. Vivió, pues, más de ochenta y tres años, viendo desaparecer a los principales autores de su tiempo: A. de Musset, Vigny, Lamartine, Sainte-Beuve, Dumas, George Sand, etc., a sus hermanos Eugenio y Abel, a su hija Leopoldina, a su esposa y a sus hijos Carlos y Francisco. De sus descendientes le quedaban su hija Adela, encerrada desde 1872 en una casa de locos, y sus nietos Jorge y Juana.

Hijo de un soldado que hoy atravesaba los Alpes y mañana los Pirineos, Victor Hugo, a las seis semanas de nacido, fue llevado por sus padres a Marsella, y después siguió residiendo en Córcega, la Isla de Elba, París, Turín, Florencia, Roma, Nápoles y Madrid, donde permaneció en el Colegio de Nobles desde principios de 1811 hasta la Primavera de 1812.

A los diez años intentaba versificar sin conocer la métrica, a los doce componía sus primeros versos consagrados a Orlando, y de los trece a los dieciséis, no sólo había escrito innumerables composiciones, tanto originales como traducidas del latín o imitadas de Ossian, sino un poema sobre el diluvio, el cuento Bug Jargal, la tragedia Itarmeno, la zarzuela De algo sirve el acaso, el melodrama Inés de Castro, etc. A los quince años obtuvo una mención en el concurso de la Academia Francesa, y a los dieciocho ganó el título de maestro en los Juegos Florales de Tolosa. Chateaubriand le llamaba con justicia «el niño sublime».

Desde fines de 1819 hasta principios de 1821 colaboró asiduamente en el Conservador literario, periódico bimensual, fundado por él y sus hermanos. Sus escritos del Conservador se distinguen por el subido tinte monárquico, religioso y hasta clásico.

En 1822 dio a luz con el título de Odas y Poesías diversas su primera colección de versos, y obtuvo de Luis XVII una pensión anual de 1000 francos y contrajo matrimonio con Adela Foucher, la virgen celebrada en el libro V de las Odas, la esposa ofendida y glorificada en los Cantos del Crepúsculo.

De 1823 hasta 1830 inclusive, publicó Han de Islandia (1823), Nuevas Odas (1824), la reedición explanada de Bug Jargal (1826), Odas y Baladas (1826), Cromwell (1827), las Orientales (1829), el Último día de un condenado a muerte (1829), Marion de Lorme (1829) y Hernani (1830). Estas obras levantaron una tempestad de aplausos y recriminaciones.

El prefacio de Cromwell produjo tanta resonancia, que alguien le llamó el Decálogo romántico. La primera representación de Hernani se convirtió en la encarnizada lucha de dos partidos, en el Waterloo de la clásica tragedia francesa. Con la obra de Victor Hugo se impuso el drama romántico, rematándose la campaña empezada por Alejandro Dumas con Enrique III y por Alfred de Vigny con la traducción de Otelo. Como los veteranos del Imperio se enorgullecían de haber peleado en Austerlitz, así los viejos románticos se vanagloriaban de haber asistido a la jornada de Hernani. «Esa noche, dice Théophile Gautier, decidió de nuestra vida»³.

En aquella época, antes de los treinta años, Victor Hugo había inspirado ya el odio implacable que Byron infundió en ciertos meticulosos espíritus de Inglaterra y el amor llevado al delirio que Goethe despertó en algunas nobles almas de Alemania. Si no faltó quien le execrara como el Atila de la Literatura, hubo también hombres acometidos de hugolatría. Refiere Théophile Gautier que al ser presentado a Victor Hugo por Petrus Borel y Gérard de Nerval le faltó poco para desmayarse como Ester en presencia de Asuero. Lo que más le sorprendía en Victor Hugo era «la frente monumental, de amplitud y belleza sobrehumanas, frente digna de llevar la corona de un Dios o de un César»⁴.

De 1830 en adelante la fecundidad de Victor Hugo raya en asombrosa; como Lope de Vega y Goethe, lo abarca todo, lo emprende todo y lo puede todo. Cuando los demás incuban una estrofa o un canto, él produce un poema o un libro. Unos brillan como poetas líricos, otros como épicos o dramáticos; pero él se destaca sobre todos como el poeta único y de una pieza. Todo lo canta, desde la concha del Océano hasta el musgo de las montañas, desde el sapo hasta la estrella, y desde el amor que hace morir hasta el odio que hace matar. Vuela como el cóndor y trabaja como la hormiga. Asombra con la intensidad y extensión de su vida: no se abruma con la faena diaria, no siente la impotencia de la vejez, y por más de medio siglo publica volúmenes tras volúmenes que vienen al campo de la literatura francesa como creciente inundación de un Nilo inagotable.


III

Su obra, semejante al escudo de Aquiles, encierra la completa figuración de la vida, merece titularse como el libro de Humboldt, Cosmos.

Para estudiar el espíritu de nuestro siglo necesitamos leer las páginas del gran poeta: conociendo a Victor Hugo, sabemos lo que fuimos, lo que somos, lo que anhelamos ser. Más que el tipo de una raza, debe llamarse el hombre representativo de una época.

Victor Hugo pertenece a la familia de los genios eminentemente progresivos que se despojan hoy del error adquirido ayer: pájaros en eterna muda, a cada movimiento de sus alas dejan caer una pluma descolorida y muerta. Realista en la adolescencia, bonapartista en la juventud, republicano en la edad viril, socialista en la vejez, sintetiza la evolución de un cerebro que avanza en espiral ascendente. Vilipendiarle por la variación de sus ideas vale tanto como acusar a la semilla por transformarse en árbol. La piedra que baja en virtud de su peso, traza la línea recta; el tren, el humo y hasta el águila, siguen las entrantes y salientes de una curva para ganar en altura. Pasar de monárquico a republicano, de creyente a librepensador, significa ascender. Con razón, en 1853, comparando su vida intelectual con la tempestuosa carrera de Ney y Murat, exclamaba que «el orgullo en la ascensión era permitido cuando en el último tramo de la escala luminosa se había encontrado la proscripción».

Erró al figurarse que la Restauración de los Borbones daría libertad al pueblo francés y que el pontificado de Mastai Ferretti sería pacto de alianza entre la Iglesia y la civilización; pero combatió infatigablemente por la segunda República, vivió cerca de veinte años en el destierro y clavó en la picota de los Castigos al Emperador de Sedán y al Pontífice de Mentana.

Su acción política no iguala su influencia literaria. Si como Par de Francia sostuvo duelos de palabras, tan gloriosos como las justas de los antiguos paladines, no arrastró con sus discursos a las muchedumbres, no tuvo en sus manos la suerte de Francia, no representó el encumbrado papel de Lamartine. Su gloria política se funda en haber sido un Homero con gorro frigio y blusa democrática. Él quitó a la poesía las inmaculadas alas de serafín, que Lamartine le había revestido, él la sacó de la ebúrnea torre donde Alfred de Vigny la quiso mantener encerrada, él la alejó del palacio donde un tiempo se gozaba en murmurar monótonos cantos de servidumbre, y lanzándola a la tribuna parlamentaria, al club jacobino y a la plaza pública, la hizo relampaguear como Mirabeau, tronar como Danton y herir como las encolerizadas y justicieras muchedumbres del 93.

La lectura de Victor Hugo, como poderoso estimulante, hace brotar ideas; sus palabras actúan en el cerebro como abono en la tierra. Siendo mucho lo que dice con sus versos, es más lo que sugiere. Cuando concluimos de leer algunos de sus poemas y cerramos los ojos, parece que las más recónditas zonas de nuestro cerebro se iluminaran con repentina luz sideral: con unos poetas soñamos, con otros sentimos, con Victor Hugo pensamos. Con él, «no sólo experimentamos la admiración por el escrito, sino también el gozo de encontrar en el poeta al pensador ligado con todos los problemas que interesan a la Humanidad»⁵.

Cuando produce atesora el calor de la vida. Sus poemas no se limitan a hermosas cristalizaciones minerales: son cuerpos organizados en que se palpa el movimiento de la savia o la circulación de la sangre. Como lo declara él mismo, «tiene corazón hasta en la cabeza, entrañas en la inteligencia». «Quiero, dice, a la araña y la ortiga porque son aborrecidas». Esa inmensa conmiseración, que abarca todo cuanto vive o existe, le inspira una filosofía optimista, verdadera filosofía de poeta: según Victor Hugo, el mal desaparecerá un día, no sólo de la Tierra sino del Universo, y todos seremos eternamente felices bajo el ala paternal de Dios.

En su poesía, radicalmente humana, desborda la piedad hacia los desgraciados y relampaguea la ira contra los opresores. Él no renegó como Byron ni desesperó como Leopardi, y si alguna vez blandió la espada de fuego, siempre mostró en su frente olímpica el nimbo de la esperanza. Hasta en los Castigos, en ese tremendo libro de cólera y venganza, asoman la piedad y el amor, como fosforescencias en mar tempestuoso y negro.

Si no deja como Goethe una huella indeleble en las Ciencias naturales, imprimió en el idioma francés la efigie inalterable de su genio: queda como el insuperable maestro de la forma y del colorido. Contribuyó más que nadie a enriquecer el lenguaje poético, ya pidiendo voces al vocabulario científico, ya incrustando en sus frases locuciones populares, ya rejuveneciendo y renovando las vetustas y manoseadas figuras retóricas de los pseudoclásicos franceses. Sus composiciones hierven de metáforas, donde adquieren forma tangible y concreta las ideas más vaporosas y más abstractas: al decir que piensa con imágenes se le ensalza en lugar de abatirle. Con sus imágenes enormes y exuberantes hace recordar las flores gigantes y extrañas que flotan sobre las aguas del Amazonas.

Él dio a las palabras la ductilidad del oro y la maleabilidad de la arcilla plástica. Las frases dijeron siempre cuanto les mandó decir, produjeron las grandisonancias que les ordenó producir. Los ritmos le obedecieron como a César sus legiones. Tiene versos lapidarios que encierran síntesis admirables, ideas que parecen presentimientos de leyes científicas o tajos de luz abiertos en lo impenetrable. Hasta cuando el pensamiento se pierde en las abstracciones metafísicas o en las nebulosidades apocalípticas, el verso conserva su inimitable sonoridad, y produce el efecto de una música subterránea o recuerda el rítmico galope de un caballo en las tinieblas.

El adolescente que en 1816 escribía: «Quiero ser Chateaubriand o nada», consiguió más de lo deseado, fue el poeta del Siglo.


IV

Voltaire se levanta como el escritor francés más digno de colocarse frente a Victor Hugo; la tarea demoledora del uno en el siglo XVIII vale tanto como la obra literaria del otro en el siglo XIX. Voltaire, que se realza con el mérito de haber escrito a riesgo de libertad y vida, presenta una desventaja. Sin decir con Pascal: «ingenio burlón, mal ingenio», puede asegurarse que si la Humanidad ríe con los escritores alegres, no adora más que a los hombres serios: Momo no será nunca la divinidad de un pueblo. Ingenio esencialmente satírico, aguzado por irresistible comezón de risa, Voltaire lo sacrifica todo al placer de lanzar un chiste y descubrir la parte vulnerable de sus adversarios. Victor Hugo es un carácter radicalmente grave; la chispa francesa no brota en él espontánea, sino estudiadamente. Lo que en Voltaire concluye por una risotada rabelesiana, en Victor Hugo termina por estupendos estallidos de cólera dantesca. Voltaire aplica en la piel de su enemigo vejigatorios microscópicos; Victor Hugo descarga mandobles que matan o dejan cicatrices indelebles. Voltaire no causa respeto: viejo medio alegre y medio libertino, es el papá Voltaire; Victor Hugo infunde cierto alejamiento: patriarca optimista y bondadoso, es el padre Hugo. Sin embargo, el uno se completa con el otro, y algo habría faltado a la Humanidad si no hubieran existido Voltaire y Victor Hugo. Ambos poseyeron la audacia en las ideas, la universalidad de la inspiración, la constancia en el trabajo, la combatividad infatigable, la vejez sin decrepitud y la fuerza tenaz de arraigarse a la vida.

Francia tuvo la gloria de producir a Napoleón Bonaparte, el hombre de la espada, y a Victor Hugo, el hombre de la pluma. El uno abre el Siglo con sus campañas, el otro le cierra con sus libros. El uno representa la plenitud en la vida de la acción, el otro la exuberancia en la vida del pensamiento. Victor Hugo es el Napoleón de la palabra, Napoleón el Victor Hugo del hierro. Soldado y poeta se distinguen por la enormidad y la fuerza. Si el uno gana batallas, el otro escribe poemas; y el artista no cede ante el guerrero, pues tanto valen los Castigos o la Leyenda de los Siglos como las Pirámides o Marengo. Ambos sintieron los éxtasis de la victoria, ambos probaron las amarguras del destierro, ambos sembraron amores profundos y odios implacables, ambos hicieron repercutir su nombre en los más apartados rincones del Globo. Reyes de Europa rindieron vasallaje a Napoleón; exceptuando a Lamartine y A. de Vigny, los poetas franceses del período romántico siguieron las huellas de Victor Hugo. Como Bonaparte, muere en Mayo, mes de las aves, de las flores y de los poetas. Hay una diferencia: Napoleón terminó su vida, triste, desamparado, en una isla estéril; Victor Hugo acaba de morir tranquilo, en el seno de sus amigos, llorado por un gran pueblo que le da por catafalco el Arco del Triunfo, por tumba la cripta del Panteón. La muerte así equivale a una transfiguración.

Los siglos correrán, y todas las medianías que surgen para deslumbrar a sus contemporáneos desaparecerán en las tinieblas del olvido, mientras la figura ideal de Victor Hugo irá creciendo en proporción a la distancia que la separe de nosotros. Como se dice la Grecia de Homero, la Italia de Dante, la España de Cervantes y la Alemania de Goethe, se dirá la Francia de Victor Hugo.


1885


  1. Catulle Mendès, La Légende du Parnasse contemporain, págs. 24 y 25.

  2. E. Fournier. Souvenirs Poétiques de l’école romantique, E. Biré. Victor Hugo avant 1830.

  3. Histoire du romantisme.

  4. Soumet escribía en 1820 a un amigo: «Cet enfant (V. Hugo), a una tête bien remarquable, une véritable étude de Lavator» (E. Biré. Victor Hugo avant 1830).

  5. Eugéne Véron, L’Esthétique.


Tomado de: Manuel González Prada, Páginas libres (Estudio crítico de Rufino Blanco-Fombona. Epílogo de César Vallejo). Ediciones Letra Dorada, 2022.



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