top of page

Indro Montanelli: Chateaubriand

Compartimos con ustedes una brillante y ocurrente crónica de Indro Montanelli sobre uno de los personajes más influyentes, poderosos y llamativos del Brasil: Francisco de Assis Chateaubriand Bandeira de Melo.

El personaje más famoso del Brasil y que más color tiene, es Asís Chateaubriand, propietario de veintiún periódicos, dieciocho emisoras de radio, de una flota aérea, de algunas fazendas extensas como Sicilia entera, de un museo que vale millones de dólares, de una compañía nacional para la puericultura, y de una ambición igual tan sólo a su coraje, su insolencia y su desvergüenza. Hace tiempo, en un banquete que algunos comedidos e ilustres caballeros ingleses le ofrecieron en Londres para agradecerle el haber prestado sus obras de arte a una exposición de la Tate Gallery, pronunció un discurso que se tradujo, como casi siempre le sucede, en un ensayo autobiográfico. «Yo soy —dijo— católico. Lo soy más que nadie. Lo soy más que el mismo Papa, porque éste suele celebrar la Eucaristía comiendo pan. Mientras que yo pertenezco, por parte de madre, a una familia en la que la Eucaristía se celebra comiendo carne de cura. Efectivamente, aquélla desciende de un antropófago indio que, antes de convertirse, devoró un día un obispo asado. ¿Quién puede decir que tiene más que yo el catolicismo en “la sangre”?».

El imponente nombre de Asís Chateaubriand no es más que una parte de su apellido. Se llama en realidad Francisco de Asís Chateaubriand Bandeira de Mello, y esto significa que el fundador de la dinastía fue sencillamente un tal Mello portugués que, enarbolando una bandeira, una bandera, como se hacía en aquellos tiempos, partió de la costa para conquistar el interior, al frente de una pequeña columna de lasquenetes, abriéndose camino a través de la jungla a fuerza de hachazos y entre los indios a fuerza de arcabuzazos. El bandeirante Mello llegó a pie hasta Perú, empresa que después de él nadie ha intentado siquiera. Era un hombre duro y despiadado. Un día, por dar ejemplo, arrojó a su hijo, culpable de no sé qué acto de insubordinación, en pasto a los piranhas, esos terribles peces carnívoros que habréis visto en Magia verde de Bonzi y Napolitano, y asistió impasible a su destrucción. Era natural que un hombre semejante no viese dificultad alguna en emparejarse con la hija de un jefe antropófago que se nutría con carne de obispo. E, igualmente natural, es que de aquel matrimonio naciese un adalid un poco fuera de las medidas ordinarias. Extraño es, tan sólo, que le llamaran Francisco de Asís y Chateaubriand, personajes que, además, hubieran estado muy poco conformes entre sí. Pero los Mello no debían ser doctos ni en la literatura ni en hagiografía.

Asís, en cambio, no ignora ni una ni otra porque, contrariamente a cuanto pudiera hacer sospechar su calidad de brasseur d’affaires, es hombre culto, que sabe francés, inglés, alemán e italiano, y además es escritor de notables cualidades. El artículo que publica diariamente, de dos o tres columnas, y que se imprime simultáneamente en todos los veintiún diarios que le pertenecen, está escrito en perfecto estilo portugués, aunque intraducible a causa de las referencias, las alusiones, los sobrentendidos que solamente puede comprender quien esté muy enterado de los asuntos brasileños. Su prosa está a mitad de camino entre la de Edoardo Scarfoglio y la de Giovannino Guareschi. Y, por lo demás, procede del oficio, puesto que antes de comprar con un préstamo su primer diario, O Jornal, había sido corresponsal de guerra en Alemania, de 1914 a 1918, para el Correio da Manhã de Río.

Circulan varias versiones sobre los procedimientos con los cuales se convirtió de periodista en propietario de periódico, es más, de periódicos. Asís no desmiente ninguna, ni siquiera las más calumniadoras. ¿Qué puede lastimar a un hombre que se jacta de descender de un antropófago gastrónomo de costillas de obispo? Cuando, en el Senado, del que es miembro, se levanta a hablar, un atemorizado silencio cae en la sala, porque él conoce la vida, la muerte y los milagros de todos sus colegas, y, por lo tanto, sabría cómo rechazar sus ataques, si se los hicieran. Pero no le atacan. Pronuncia discursos raramente, pero cuando se decide, no lo hace por menos de tres sesiones consecutivas, de siete a ocho horas cada una, porque cada tema, cuando lo afronta, quiere disecarlo hasta el fin. Y hay para todo. «Amigos míos, hablemos un poco de economía. Sé bien que la materia no os place porque exige conocimientos y competencias inconciliables con el nivel medio de este areópago. Sólo uno se precia de poseerlas: nuestro ilustre presidente de la República, Café Filho, que pretende administrar un Estado sin haber conseguido jamás administrar un Municipio…». Y así sucesivamente.

Una vez, las autoridades, que en Brasil están divididas por bandas intestinas más encarnizadas que en nuestro país (no cabe decir más), se coaligaron para reducir al silencio a ese clamoroso pelmazo y le impusieron cerrar una de sus emisoras, la que él llama Tupí, nombre de una célebre tribu india del interior. Asís no hizo discursos: movilizó su flota aérea, compuesta por decenas y decenas de bimotores, mandó a cargarlas en la jungla con algunos centenares de aquellos salvajes, los hizo transportar a São Paulo y los alineó, armados de flechas, en las ventanas y sobre el techo de la emisora mientras su voz difundía en el éter el grito de desafío al Gobierno: «¿Queréis guerra? ¡Pues habrá guerra…!».

Naturalmente, no hubo guerra, porque el Gobierno se retrajo de sus decisiones. Y todo se resolvió en un aumento del prestigio de Asís a los ojos de los indios, que sienten gran debilidad por él, acaso también por amor al abuelo antropófago. Tribus que viven en selvas donde jamás han permitido poner el pie a un hombre blanco, encienden hogueras y se entregan a ceremonias religiosas de gracia cuando Asís aterriza entre ellos, a bordo de alguno de sus aviones. Pues, entre otras cosas, es un aviador intrépido. Tiempo ha, siendo estudiante en Recife, Pernambuco, viendo pasar sobre su cabeza uno de los primeros aeroplanos que surcaron, tosiendo y estremeciéndose, los cielos, apostó con sus compañeros a que un día él aterrizaría allí, con uno de aquellos artilugios, en la plaza, frente a la Universidad. Y cuando fue profesor, cumplió su promesa, aunque con algunas costillas rotas.

Ésas son las impresiones que más le gustan. ¿Acaso no lanzó un día, al través de sus diarios y sus radios, la idea de una Campaña para la Liberación del Fuerte de Baira en Matto Grosso? Los oyentes creyeron que se trataba de alguna guarnición perdida del interior sitiada por tribus indias. En cambio, se trataba de liberar aquel fuerte, que es el más antiguo de la conquista portuguesa, de la jungla que estaba devorándolo. Muchas cosas devora la jungla todos los días, en medio de la indiferencia general.

Pero cuando afecta a algo histórico, Asís, que tiene el culto de la Historia, se pone en pie y toca la diana del socorro. Ha financiado un centro de estudios para la búsqueda en los archivos europeos de todos los documentos sobre el pasado brasileño. Y el año pasado fundó el Instituto Don Pedro II, instalándolo en el castillo de Eu, en Bretaña, última morada de los Braganza en el destierro.

Asís tiene sesenta y tres años, edad en la cual hasta los más impenitentes aventureros se hacen conservadores y gazmoños, suben los remos a la barca, y se ponen a defender el imperio o los imperios que han construido. Chateaubriand ni siquiera lo piensa. Hace poco despidió a su última esposa, y se dispone a iniciar una nueva gestión familiar. Pues este curioso Francisco de Asís no es, no, un vulgar mujeriego. Es un polígamo. Casa regularmente con la mujer de quien se enamora, le chupa la juventud y la vida, y luego la tira como una zapatilla usada. Su cuerpo regordete y potente es una olla en la que siempre hierve algún nuevo entusiasmo contagioso. ¿Los brasileños no comparten su pasión por la aviación? Funda una Companha Nacional de Aviaçao y la dota con mil aparatos que son distribuidos a los aeroclubs de todo el país. Un día llega a Florencia con su aparato y se encuentra con el viejo Magrini dedicado a dar lecciones de pilotaje en destartalados monomotores turísticos. Le pregunta por qué no los usa más modernos. Magrini se encoge de hombros: no los tiene, y el Gobierno no provee. Asís le pregunta si no hay ningún financiero, en Italia, que quiera hacerlo y pueda ayudar. Se indigna ante la respuesta negativa, y grita: «¡Entonces le ayudaré yo!». Magrini, naturalmente, no lo cree. Pero un mes después ve llegar, envueltos en celofana, dos aparatos último modelo, nuevos de trinca, donados por Chateaubriand, que los ha bautizado: Lorenzo el Magnífico y Garibaldi.

Otro día se le mete en la cabeza a Asís que Brasil, junto a muchas bellezas naturales, posee bien pocas artísticas. Pide y consigue tres sesiones en el Senado para ilustrar la necesidad de crear un gran museo nacional. Todos le dan la razón, pero le dan otra tanta razón al ministro del Tesoro, que no sabe de dónde sacar la conspicua suma que hace falta. Asís se impacienta, sube a bordo de un avión, corre a Italia, y con la feliz mano que tiene en la elección de los colaboradores, descubre a uno de los más grandes entendidos de nuestro país: Pietro Maria Bardi. Se lo envuelve también en celofana, le transporta al Brasil y le pone a su disposición doce millones de dólares, para organizar el Museu de Arte de São Paulo, que ahora sostiene el parangón con las más grandes galerías del mundo.

Mientras Bardi escoge y reúne lo mejor del impresionismo francés, Asís se informa de que en Londres, Christie’s ha puesto a subasta el único cuadro de Churchill que se halla en el comercio. Toma de nuevo el avión, aterriza en lugar atiborrado de esterlinas, y tras una épica lucha con algunos tercos concurrentes, les gana a costa de una cifra fabulosa, que jamás se ha atrevido a confesar a Bardi, quien ha gastado y gasta mucho menos para sus Manet y Renoir. Churchill se entera, se encoleriza, o finge encolerizarse, pero quiere conocer personalmente a aquel aficionado suyo. Asís va a su casa, y antes de que Winnie pueda empezar a desahogar su indignación, falsa o auténtica, le ofrece las insignias de la orden caballeresca del Vaqueiro. Churchill, que no sabe portugués y por tanto ignora que vaqueiro significa vaquero, pero que tiene debilidad por las condecoraciones, acepta. Solamente después le explicarán que la del Vaqueiro es una orden inventada por Chateaubriand para condecorar a la señora Schiaparelli. Pero, como es un hombre de humor, cuando se lo dijeron le hizo gracia.

Asís tiene debilidad por los alemanes y los italianos. No se sabe cómo se las arregla para conciliar estos dos amores; pero sus penas, durante la guerra, fueron grandes, aun cuando su conducta fuese irreprochable. Pero, cuando el Gobierno conminó el arresto de quien hablase italiano, salió a luchar en sus periódicos contra la absurda disposición. Escribió que aquello no era patriotismo, sino un nacionalismo de bajo techo, digno solamente de una colonia, y que él se avergonzaba de ser brasileño. Metió tanto ruido, que al final tuvieron que revocar la disposición y el secuestro de los bienes de nuestros compatriotas. A quienes le acusaban de partidismo, Asís contestó: «Sí, es verdad, yo quiero a los italianos, a todos los italianos, menos a uno». Muchos pensaron que aquel «uno» era Mussolini. Pues no: era Cecchinho Matarazzo, que por lo demás es brasileño y de quien le separa un odio casi teológico.

Matarazzo es el más fuerte financiero e industrial del Brasil. Pero es un hombre frío y distante, un gazmoño y melancólico sacerdote de sus millones, que son muchos, pero que solamente sirven para fabricar otros millones. No tiene ningún impulso, ninguna pasión, es la antítesis viviente de Asís y se esfuerza por ignorarlo. Acaso lo conseguiría, en su habsbúrguico hielo, si Asís no desatase contra él, al menos una vez por semana, el concéntrico y coreado ataque de sus Diarios Radios Televisões Associados. Ha logrado procurarse una fotografía de su enemigo con el traje a rayas del presidiario, y vuelve a publicarla, de vez en cuando, en todos los veintiún periódicos de su cadena. Naturalmente, esto no basta para deteriorar la potencia del gran millonario, pero basta para estropearle el hígado, mientras desintoxica el de Chateaubriand.

«Qué lástima —me ha dicho esta mañana, mientras le acompañaba al campo de aviación, viendo pasar por la calle a Matarazzo—. ¡Qué lástima que yo haya perdido las virtudes antropófagas de mi abuelo materno! —Luego ha reflexionado y ha añadido—: Pero acaso sea mejor así: ¡moriría envenenado…!».

Texto tomado de Gentes del siglo (Trad. Domingo Pruna). Espasa, 2006, pp. 345-349.

Comentarios


Suscríbete a nuestro blog

¡Gracias por suscribirte a nuestro blog!

Recibirás un correo electrónico de bienvenida: recuerda guardarlo en tu bandeja principal para que no te pierdas de nuestro contenido.

bottom of page