top of page

Una visita inesperada

Ayer vino a visitarme mi compañera de juegos. Sí, como lo oyen y sin doble sentido: una amiga de ocho años con quien, cuando vivíamos en casas contiguas, hasta hace apenas cuatro meses y medio, solía jugar, hacerme el gracioso y construir maquetas que ella, pese a mi tácita desaprobación, se empeñaba en pintar. Todo esto a expensas de mi apretado tiempo de trabajo; pero ¿qué le iba a hacer? No siempre se tiene a mano una compañera de juegos. Claro que no sólo jugábamos: también sosteníamos conversaciones muy serias, de esas que rara vez pueden sostenerse entre adultos, atareados como viven, pobres, en cosas importantes.

—Entonces allá está acostadita con su hermanita —me contaba una vez.

—Por lo menos podrá dormir tranquila —respondí aliviado, sabiendo que su muñeca menor llevaba días sin sentirse bien.

—No, Valentina no ha podido dormir —puntualizó ella, para mi mayor desasosiego.

—Pero ¿ya no pelea con la hermanita? —insistía yo en buscar alguna buena noticia.

—Imagínate que ahora, en la cama de Valentina, estaban durmiendo juntas y yo, como siempre, estaba con ellas… Cómo te parece que Fresita comenzó a pelear.

—¿Sí? —pregunté consternado.

—Entonces de una la quité, a Valentina. Por eso ya no las dejo juntar jamás. Ya cuando se vayan conociendo bien, porque casi no se están conociendo bien…

—Entonces, ¿qué vas a hacer con ellas? —interrumpí, realmente preocupado.

—No sé, me va a tocar poner a una separada de la otra. Va a tocar poner una casita pa Valentina, estar con ella, y otra casa para Fresita —decía y ya iba viendo yo cuál era su favorita.

—Pero ¿no te parece que hay que ponerlas alguna vez juntas?

—A veces…

—Para que vivan en paz —seguía interrumpiendo.

—A veces…

—Porque son hermanitas.

—A veces tengo que ponerlas juntas a ver cómo van, porque tengo que mirar cómo van o, si no, preguntarle a la doctora qué pasa, porque ella hace mucho está así.

—Sí, porque es muy triste que dos hermanitas estén peleando.

—Pero no sé por qué pelean… Porque la primera que nació fue Valentina y después fue Fresita…

Y entonces, para mi sosiego, la pillé en la mentira:

—¿Fresita no era la mayor?

Ayer vino a casa de visita con su tía y su abuela y, en el estudio, pudimos retomar un poco nuestras conversaciones, las cuales no estuvieron, como era de esperarse, exentas de reproches:

—¿Por qué, si yo vengo a visitarlo, usted no va a visitarme?

—Lo siento; he estado con mucho trabajo.

—Yo no veo que esté trabajando.

—¿Cómo que no? ¿Entonces qué estoy haciendo?

—Sentado en el computador. Eso no es trabajar.

De nuevo, como casi siempre, tenía razón.

Pero me salvó la campana, porque en eso empezaron a sonar los villancicos en la entrada del edificio: estaba a punto de comenzar la primera jornada de la novena navideña. Le propuse ir, nos pusimos los respectivos abrigos y salimos a comprar maracas y a comernos la novena y el refrigerio, mientras sus acompañantes se quedaban con mi abuela rezando un rosario de chismes. Lástima que mi amiga no se sabía un solo villancico, con lo encantadores que son, con lo deliciosamente villana y prometedora que hacen la llegada de Cristo; pero, por lo demás, fue un momento estupendo: algarabía, maracas y sonajas a reventar, el «¡Jesús, viva!», rostros de niños felices en medio de las penurias diarias y de las necesidades de tantos.

Esta noche observo la novena desde el balcón de mi apartamento: los mismos niños, el mismo brillo en los ojos, los mismos villancicos y el mismo «¡Jesús, viva!», pero ya no está mi compañera de juegos y, por ende, mi infancia vuelve a ser cosa del pasado; vuelvo a ser el adulto al que ya no le causan mucha gracia estas celebraciones, con el que raras veces pueden sostenerse conversaciones serias, atareado como vive, pobre, en cosas importantes; uno más de una legión que pierde el tiempo produciendo cosas que nadie necesita para comprar cosas que no necesita para seguir archienriqueciendo a un puñado de personas que no necesitan nada pero lo quieren todo.

Con especial nitidez recuerdo una de las Navidades en mi pueblo. Veo un Papá Noel enorme encaramado en una carroza que casi abarcaba el ancho de la calle, miles de luces iluminándolo todo y a mí con una maraca de Bart Simpson en cada mano. Todo esto importado del Norte, alimentando nuestro vasallaje cultural, pero recibido con la imbatible candidez infantil. Me parece que nunca había visto ni llegué a ver después un espectáculo tan fastuoso, pero es muy probable que nada de esto haya sido como lo recuerdo. Por otra parte, para nosotros no eran necesarios los fastos: una sonaja hecha con tapas de gaseosa machacadas y el inicio del «Anton tiruliruliru» bastaban para asegurar nuestro entusiasmo. La abuela, por su parte, escondía al Niño Dios la noche del 24 y sólo dejaba su vestido en la cuna de paja: él —explicaba ella—, sin ninguna vergüenza —pensábamos los nietos—, había salido desnudo por los regalos y, en cualquier descuido nuestro, volvería con ellos, los metería bajo las almohadas, se vestiría y volvería a acomodarse, inerte, en su cuna. Todo esto lo recuerdo con emoción, enternecido por ese despliegue de fantasía para las delicias de nosotros los chiquillos.

Podría decir que ya la Navidad no es lo mismo y, en virtud de las canas que empiezan a asomar en mi barba, lo digo. Antes las luces parecían brillar con colores más vivos, los decorados eran más grandiosos y los traídos del Niño Dios se esperaban con mayor expectativa; antes las novenas se rezaban con más convicción, se ponía más entusiasmo en la entonación de los villancicos e incluso tenía más gracia que los niños acudiéramos casi exclusivamente movidos por la promesa de los regalos. Todo esto es verdad, pero sólo en la propia subjetividad, para uno que ha perdido en gran medida el asombro por las cosas sencillas.

Y es que… ¡cuán fácil es para un niño ser feliz!, o al menos eso pensamos, quizá porque hemos mal aprendido que la felicidad, sea lo que eso sea, hay que buscarla, tanto así que hemos terminado por cifrar en su búsqueda el sentido de la vida, sin reparar en lo trascendente, en lo poco o mucho que podemos hacer para que nuestro paso por el mundo trascienda un ápice nuestra breve existencia física. Tal es el delirio de la felicidad, que hemos terminado por creer que esta puede comprarse, meterse en un carrito y pagarse a veinticuatro cuotas con la tarjeta de crédito. Y no es que el bienestar material no importe; ciertamente no es poca la tranquilidad que puede pagar una cuenta bancaria bien nutrida, pero esa tranquilidad se malbarata cuando se cree que no se es feliz porque aún no se ha amasado suficiente fortuna: entonces uno se hace irremediablemente infeliz y puede terminar haciendo infelices a muchos otros. Así hay quienes hacen infelices a pueblos enteros.

El niño, en cambio, no conoce la noción de búsqueda de la felicidad; él sólo vive y cualquier pequeña grata sorpresa le procura la felicidad sobre la que nada se pregunta. Miren qué barata, en términos pecuniarios, me salió a mí la felicidad ayer: diez mil pesos invertidos en un par de maracas y un gorro navideño; diez mil pesos que podría haber malgastado en cualquier tontería —incluidos un par de maracas y un gorro navideño— si mi compañera de juegos no hubiera estado conmigo, si no me hubiese dado la sorpresa de volverme a la infancia, si no hubiéramos salido de este estudio sin la idea absurda de perseguir la felicidad.

Cristancho Duque

San Antonio de Prado, 17 de diciembre de 2025

Comentarios


Suscríbete a nuestro blog

¡Gracias por suscribirte a nuestro blog!

Recibirás un correo electrónico de bienvenida: recuerda guardarlo en tu bandeja principal para que no te pierdas de nuestro contenido.

bottom of page