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Poesía bellense contemporánea: 1946-1967

Actualizado: 13 abr 2022


En esta entrada compartimos con ustedes una muestra del libro A la sombra del Quitasol: selección de poesía bellense contemporánea, en que el poeta Jandey Marcel Solviyerte (Bello, 1974) recoge cincuenta años de poesía municipal. En esta primera muestra presentamos seis de los dieciocho poetas seleccionados en este volumen, nacidos entre 1946 y 1967.


«Como un noro que retoña en las laderas del cerro tutelar, así es la poesía escrita en el municipio, también nuestra, con sus características endémicas, y con su universalidad que crece hoy día en las obras de las voces a criterio aquí seleccionadas».


Ricardo Cuéllar (1946)


Vocación


Nuestra inconfundible vocación

Por el rito matutino de abrir los ojos

Nos ha dispuesto en un único acto:

El milagro de una mujer sabia en sus instintos

Portadora de célicas querencias

Que distingue en las labores del horizonte

El zurcido tejido de las luces de la tarde

Y celebra las fiestas del instante

Con el sacro fervor de alabar la vida.


Daniel Día (1959)


Tirar la casa por la ventana


tiramos la casa por la ventana

y sólo quedó la ventana

adentro de la noche


la puerta da vueltas por ahí con su ala de nostalgia


la cama paró patas arriba en un estanque de lodo


el colchón flota más arriba de la sombra


la cobija es un recuadro de imágenes perdidas en el sueño


y el sueño…


¡olvidamos el sueño!

sábana donde la pulcritud se arrugó con los años


la sala espera a la soledad para consumirse


¡nadie llega!


la cocina se funde en olores de hambre

los vapores vagan como fantasmas


pitan la olla presión y la tetera

claman porque el agua se acabó


no hay café en el tarrito negro

ni sal para maldecir este momento

ni azúcar para alimentar a las hormigas


¡dónde está mi libro de Oliverio!


¡lo tiraste!


ya no podré decirte lo que nunca te dije


¡qué importa!


si sólo nos queda la ventana

para mirar estas cosas que se van

y entra un rayo de sol para abrazarnos.


Fernando García Cuéncar (1961)


Lluvia en verde


Según el color del delirio,

días inconclusos se repiten

en días azules sobre hojas blancas.

Días animales

se vuelan,

con las alas húmedas

hacia la gota del cielo.


Días grises;

mi corazón de tierra

canta en el verde.


Myriam Montoya (1963)


Héroes


Surge del grito

distorsionado escorzo

cuerpo desmembrado

avatar del repetido tormento


de la palabra amordazada

y del llamado de la sangre

verdad y deseo brotan


en el horizonte

ondula una silueta

hacia nosotros avanza

¿nos reta a las armas?

¿o a la infinita senda?


Acto

busca ser la palabra

vía abierta

toma forma

de amazona

de guerrero


cabalgando sobre las barricadas

de la historia

germina en las venas


nuestra sed de memoria

anuda sus alas al tiempo.


Arnubio Roldán (1964)


Solverbia


Burlar el misterio

con un sombrero de ala ancha

Enfrentar la tormenta

con un afilado cuchillo de cocina

Masturbar al silencio hasta que brote

una sombrilla impermeable al miedo

a los obuses a la lluvia ácida a los gritos

que se suman hoy a los de Auschwitz

Infectar la internet con una gota de rocío

para volver a amar la piedra

al niño y al leopardo

Recitar en el cadalso un poema

de Vinicius de Moraes o Fayad Jamís

¿Se conmoverá el verdugo?


Morir de dicha

y regresar


Todo está aquí

recorremos de memoria

el laberinto

del cielo y del infierno.


Leoncio Cardona Pérez (1967)


Poema al hospital mental de Bello


Para Sakti

Gustavo Zuluaga

y Víctor Bustamante


Te acuerdas hermosa psiquiatra Patricia Pacheco

la tarde gris y lluviosa

cuando en tu consultorio estatal

gris y destartalado

con muebles metálicos oxidados,

llenos de hongos y de telarañas,

de tus labios húmedos y sensuales

salía la supuesta panacea universal

para los dolores de estar encarnado

en un mundo miserable y deshumanizado.


Mientras apartabas tus cabellos

de la frente linda y soñadora recetabas

la inyección de Piportril cada quince días,

con seis pepas diarias de ácido valproico

para no tener la inestabilidad romántica de Chopin,

un Akinetón después de las comidas

para evitar la epilepsia de Dostoievski

y dos pepas de la aterradora Clozapina

por las noches para no tener la angustia de Nietzsche,

dos pastas de Sinogan en la noche para no soñar como Lautréamont,

una pasta de Haloperidol para no predicar como Cioran,

y cuatro pastillas de litio para no pensar en Henry Miller.


Ah miserables psiquiatras que os hacéis

multimillonarios con la miseria del género humano;

la industria farmacéutica os da casa, carro y beca

si inundáis el mercado de fármacos

y ayudáis a que el diablo esclavice por múltiples lados

a esta generación de humanos, incautos, inexpertos

y dormidos espiritualmente.


No sabéis que el amor es la medicina soberana

por excelencia y Buda lo testificó

desde lo más hondo del Nirvana.

No sabéis que por eso Marilyn Monroe se suicidó,

pues ella tenía sed de amor y le impusimos tranquilizantes;

para la tristeza de no ser santos le recetamos psicoanálisis.


Miserables psiquiatras que os hacéis millonarios

y supuestamente dignos mientras condenáis al paciente

a la soledad eterna y las masturbaciones, dolorosas,

tristes, patéticas y desgarradoras, en un mundo frío,

sepulcral, de morgues habitadas por racionalistas

y científicos vacíos, grises y adocenados.


Por qué no ensayáis en vuestras terapias la poesía

y el maithuna tántrico, y hacéis el amor

sin derramar la semilla, mientras meditáis

en el vacío absoluto y que todo es ilusión y efímero.

Así vuestros destartalados y grises consultorios,

de estanterías metálicas llenas de óxido y hongos,

se llenarían de flores y pájaros del bosque

y la iluminación de Van Gogh inundaría

vuestros torturados corazones

por la sed de llama de amor viva.


Dejad que los muertos entierren a los muertos

y caminad con la luz de Jehová-Dios.


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