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Las alarmas de Juan Villoro

El escritor Juan Villoro empieza su artículo “Humanos con caducidad”, publicado por el periódico Reforma* con una afirmación de pretensiones lapidarias: “La humanidad se está volviendo cada vez más tonta”, dicho que respalda con el éxito internacional de las Kardashian y el nacional de Acapulco Shore, como si el mal gusto y la estolidez fuesen exclusivas de nuestro tiempo, y que probablemente tomó de un artículo publicado en The Times.

Luego refuerza su aseveración argumentando que no es una especulación, sino un dato científico: el descenso de la capacidad cognitiva de la especie con base en algunos resultados recientes de las mediciones en que se basa el efecto Flynn, fenómeno estadístico que se refiere al aumento paulatino del cociente intelectual humano medido con pruebas estandarizadas que no registran la inteligencia real, sino específicamente su aspecto académico, adquirido a través de la práctica y el aprendizaje; es decir, no es una medida directa, sino más bien una medida indirecta del rendimiento en pruebas de inteligencia.

El efecto Flynn no mide específicamente ningún aspecto de la inteligencia humana, aunque algunas de las pruebas que emplea para calcular el coeficiente intelectual evalúan el razonamiento abstracto, la memoria o la capacidad verbal. Entender la inteligencia de manera completa entraña una capacidad de comprensión que va más allá de medidas relativas que tiene que ver con factores psicosociales como el contexto, la alimentación o los modelos educativos. No estaría de más que Villoro leyera, o si ya lo hizo, entendiera, el libro Teoría de la inteligencia creadora, de José Antonio Marina, para comprender que la inteligencia es mucho más que la capacidad relativa de responder un test.

Aunque Villoro no las cita, las fuentes de su afirmación que suponen un punto de inflexión en el efecto Flynn a partir de 1975 son unas cuantas respecto de otras que afirman lo contrario, entre ellas el estudio de un equipo noruego del Centro de Investigación Económica Ragnar Frisch publicado en 2021 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), que se refiere específicamente a Noruega, Dinamarca y Finlandia.

Ole Rogeberg, coautor del estudio de PNAS, admite la relatividad de los resultados y la posibilidad de otras explicaciones alternativas a la pérdida de inteligencia: “Las pruebas de aritmética y vocabulario [empleadas en el trabajo] podrían estar detectando cambios en las habilidades matemáticas y de lenguaje de los niños, en lugar de un cambio en su inteligencia como tal”.

Algunos de quienes son favorables a la hipótesis de la disminución de la inteligencia global argumentan que podría deberse a factores como el aumento de la inmigración de personas con un nivel educativo más bajo o el aumento de la exposición a la tecnología, tópicos que embozan una dosis de racismo, clasismo y ludismo, sin aportar pruebas definitivas al respecto.

Son muchos los estudios e investigadores que señalan que no hay evidencia sólida de que el efecto Flynn esté disminuyendo o revirtiéndose. Entre ellos dos de la revista Intelligence, el primero de 2017, que encontró que éste sigue siendo fuerte en muchos países desarrollados y que no hay evidencia de que esté disminuyendo en la mayoría de los casos; el segundo, de 2019 encontró que el efecto Flynn prevalece en China.

Otro de 2018, en la revista Personality and Individual Differences, afirma que la reducción de marras no ha ocurrido en los últimos años en Alemania. Uno más de la revista Journal of Intelligence en 2020 encontró que el efecto Flynn ha continuado en varios países de América Latina, incluyendo Argentina, Brasil, Chile y México.

No contento con atribuir a la ciencia —siendo como es hijo de filósofo, Villoro debe saber que ésta no opera mediante hipótesis definitivas y únicas— su apresurada y débil aseveración, dice luego que la literatura ha advertido del peligro de confiar excesivamente en las máquinas. Ese temor a la innovación no es nuevo.

En su momento el libro, invención tecnológica si las hay, fue cuestionado por Platón en el Fedro, como un artilugio perjudicial para la memoria y el aprendizaje; por Rousseau, quien en el Emilio afirmaba que la educación debe basarse en la observación y la experiencia directa y no en los libros que fomentan la imitación y la memoria mecánica, o por Nietzsche, que decía que los libros nos alejan de la sabiduría y de la verdad y nos hacen dependientes de las palabras de otros e incapaces de pensar y crear por nosotros mismos. Aunque existan verdades parciales en estas aserciones, sin los libros la humanidad no sería lo que es hoy ni tendría a su disposición una memoria colectiva gigantesca.

Luego del libro, la fotografía, el cine, la radio, la televisión y la Internet han sido calificados por pensadores célebres y otros no tanto, como invenciones cuasi diabólicas. Monsivais bautizó a la televisión como “la caja idiota” y el coreano Byung-Chul Han culpa a la Internet del vacío de sentido (lo que eso signifique) de la sociedad contemporánea.

Villoro emite hiperbólicos gritos de alarma ante la dictadura digital, el dominio de los algoritmos, la amenaza de la privacidad y el tecnopolio como si la humanidad no fuese sólo tonta, sino también pasiva. Olvida que la alienación no es un fenómeno nuevo y que no siempre ha sido un recurso pacífico ejercido por los estratos dominantes, y que la humanidad ha resistido una y otra vez sus embates con una inteligencia inagotable capaz de transformar los instrumentos de dominación en medios de aprendizaje y disfrute.

El pensador Antonio Escohotado, quien escribió la Historia general de las drogas durante una estancia de dos años en la cárcel acusado de tráfico de cocaína, compuso los tres espléndidos volumenes de Los enemigos del comercio recurriendo a los recursos disponibles en la Internet, sin cuya existencia no hubiese tenido acceso a volúmenes inasequibles o tendría que haber recurrido a decenas de bibliotecas.

Olvida también Villoro que la inteligencia artificial, con toda su capacidad de retroalimentación, es un invento humano, que sirve a intereses humanos, algunos sí dedicados a fines aviesos como el espionaje, la guerra, el comercio abusivo o la divulgación de mentiras. Olvida también que la consciencia, el criterio, el discernimiento y el gusto son atributos humanos al alcance de quienes los quieran usar.

Por demás siempre habrá quienes gusten de las Kardashian y de tonterías como Acapulco Shore, o agoreros del desastre que basen sus apocalípticas verdades en lecturas apresuradas, que lo único que tienen de científicas es la cualidad de invocar a la ciencia como otrora se hacía con los dogmas de fe. Por demás, pensar que la escritura propia pude ser confundida con la emitida por alguna aplicación de inteligencia artificial es tener tan poca confianza en uno mismo como la que se tiene en la humanidad.

P.d. He usado en la formulación de esta respuesta, que puede ser sometida a las pruebas de originalidad que pone a nuestro alcance la IA, el buscador de Google y el ChatGPT, herramientas que me permitieron escribir con mayor rapidez y consultar numerosas fuentes, no sólo un titular escandaloso.

 

* 5 de mayo de 2023. Disponible también en Etcétera.

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1 Comment


Adriana Cruz
Adriana Cruz
May 08, 2023

Desenmascarar será la tarea cada vez más urgente, no sólo la información falsa, también la pusilánime, politiquera, hueca, hecha al vapor. No sé si la IA cuente con la capacidad de suspicacia. Pero nosotros habremos de desarrollarla. Ni autores ni medios son garantía, el acto lector deberá hacerse cada vez con mayor cautela.

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