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Poemas de Miguel Hernández

Miguel Hernández es uno de los más grandes y singulares poetas del siglo XX, por su origen popular, su compleja síntesis de la literatura postvanguardista y un compromiso político durante la guerra civil española que le costaría la cárcel y la vida en 1942. Cuando en 1933 publicó su primer libro, Perito en lunas, acababa de cumplir los 23 y era un cabrero perdido en el anonimato provinciano. Pero ya en 1936 se había colocado en primera línea de la poesía española con El rayo que no cesa. Su siguiente obra, Viento del pueblo (1937) lo convirtió en el portavoz más cualificado del bando republicano durante la guerra civil. Y al acabar esta, preso y enfermo, aún fue capaz de ensayar nuevas tonalidades, depuradas e intimistas, que cantan al hijo, la vida y la luz a la que no dejó de aspirar, por encima de tantas sombras como se cernieron sobre él a lo largo de su intensa trayectoria.

Agustín Sánchez Vidal

Retrato de Miguel Hernández por Antonio Buero Vallejo
Dibujo de Antonio Buero Vallejo

Me llamo barro aunque Miguel me llame. Barro es mi profesión y mi destino que mancha con su lengua cuanto lame.

Soy un triste instrumento del camino. Soy una lengua dulcemente infame a los pies que idolatro desplegada.

Como un nocturno buey de agua y barbecho que quiere ser criatura idolatrada, embisto a tus zapatos y a sus alrededores, y hecho de alfombras y de besos hecho tu talón que me injuria beso y siembro de flores.

Coloco relicarios de mi especie a tu talón mordiente, a tu pisada, y siempre a tu pisada me adelanto para que tu impasible pie desprecie todo el amor que hacia tu pie levanto.

Más mojado que el rostro de mi llanto, cuando el vidrio lanar del hielo bala, cuando el invierno tu ventana cierra bajo a tus pies un gavilán de ala, de ala manchada y corazón de tierra. Bajo a tus pies un ramo derretido de humilde miel pataleada y sola, un despreciado corazón caído en forma de alga y en figura de ola.

Barro en vano me invisto de amapola, barro en vano vertiendo voy mis brazos, barro en vano te muerdo los talones, dándote a malheridos aletazos sapos como convulsos corazones.

Apenas si me pisas, si me pones la imagen de tu huella sobre encima, se despedaza y rompe la armadura de arrope bipartido que me ciñe la boca en carne viva y pura, pidiéndote a pedazos que la oprima siempre tu pie de liebre libre y loca.

Su taciturna nata se arracima, los sollozos agitan su arboleda de lana cerebral bajo tu paso. Y pasas, y se queda incendiando su cera de invierno ante el ocaso, mártir, alhaja y pasto de la rueda.

Harto de someterse a los puñales circulantes del carro y la pezuña, teme del barro un parto de animales de corrosiva piel y vengativa uña.

Teme que el barro crezca en un momento, teme que crezca y suba y cubra tierna, tierna y celosamente tu tobillo de junco, mi tormento, teme que inunde el nardo de tu pierna y crezca más y ascienda hasta tu frente.

Teme que se levante huracanado del blando territorio del invierno y estalle y truene y caiga diluviado sobre tu sangre duramente tierno.

Teme un asalto de ofendida espuma y teme un amoroso cataclismo.

Antes que la sequía lo consuma el barro ha de volverte de lo mismo.

Mi sangre es un camino

Me empuja a martillazos y a mordiscos, me tira con bramidos y cordeles del corazón, del pie, de los orígenes, me clava en la garganta garfios dulces, erizo entre mis dedos y mis ojos, enloquece mis uñas y mis párpados, rodea mis palabras y mi alcoba de hornos y herrerías, la dirección altera de mi lengua, y sembrando de cera su camino hace que caiga torpe y derretida.

Mujer, mira una sangre, mira una blusa de azafrán en celo, mira un capote líquido ciñéndose a mis huesos como descomunales serpientes que me oprimen acarreando angustia por mis venas.

Mira una fuente alzada de amorosos collares y cencerros de voz atribulada temblando de impaciencia por ocupar tu cuello, un dictamen feroz, una sentencia, una exigencia, una dolencia, un río que por manifestarse se da contra las piedras, y penden para siempre de mis relicarios de carne desgarrada.

Mírala con sus chivos y sus toros suicidas corneando cabestros y montañas, rompiéndose los cuernos a topazos, mordiéndose de rabia las orejas, buscándose la muerte de la frente a la cola.

Manejando mi sangre, enarbolando revoluciones de carbón y yodo, agrupado hasta hacerse corazón, herramientas de muerte, rayos, hachas, y barrancos de espuma sin apoyo, ando pidiendo un cuerpo que manchar.

Hazte cargo, hazte cargo de una ganadería de alacranes tan rencorosamente enamorados, de un castigo infinito que me parió y me agobia como un jornal cobrado en triste plomo.

La puerta de mi sangre está en la esquina del hacha y de la piedra, pero en ti está la entrada irremediable.

Necesito extender este imperioso reino, prolongar a mis padres hasta la eternidad, y tiendo hacia ti un puente de arqueados corazones que ya se corrompieron y que aún laten.

No me pongas obstáculos que tengo que salvar, no me siembres de cárceles, no bastan cerraduras ni cementos, no, a encadenar mi sangre de alquitrán inflamado capaz de despertar calentura en la nieve.

¡Ay qué ganas de amarte contra un árbol, ay qué afán de trillarte en una era, ay qué dolor de verte por la espalda y no verte la espalda contra el mundo!

Mi sangre es un camino ante el crepúsculo de apasionado barro y charcos vaporosos que tiene que acabar en tus entrañas, un depósito mágico de anillos que ajustar a tu sangre, un sembrado de lunas eclipsadas que han de aumentar sus calabazas íntimas, ahogadas en un vino con canas en los labios, al pie de tu cintura al fin sonora.

Guárdame de sus sombras que graznan fatalmente girando en torno mío a picotazos, girasoles de cuervos borrascosos. No me consientas ir de sangre en sangre como una bala loca, no me dejes tronar solo y tendido.

Pólvora venenosa propagada, ornado por los ojos de tristes pirotecnias, panal horriblemente acribillado con un mínimo rayo doliendo en cada poro, gremio fosforescente de acechantes tarántulas no me consientas ser. Atiende, atiende a mi desesperado sonreír, donde muerdo la hiel por sus raíces por las lluviosas penas recorrido. Recibe esta fortuna sedienta de tu boca que para ti heredé de tanto padre.

Miguel Hernández recitando un poema a los soldados del ejército republicano
Miguel Hernández recitando un poema a los soldados del ejército republicano (1937)

Canción del esposo soldado

He poblado tu vientre de amor y sementera, he prolongado el eco de sangre a que respondo y espero sobre el surco como el arado espera: he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos, esposa de mi piel, gran trago de mi vida, tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado, temo que te me rompas al más leve tropiezo, y a reforzar tus venas con mi piel de soldado fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas, te doy vida en la muerte que me dan y no tomo. Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas, ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho, sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa mi frente que no enfría ni aplaca tu figura, te acercas hacia mí como una boca inmensa de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera: aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo, y defiendo tu vientre de pobre que me espera, y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado, envuelto en un clamor de victoria y guitarras, y dejaré a tu puerta mi vida de soldado sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo. Un día iré a la sombra de tu pelo lejano, y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas, y tu implacable boca de labios indomables, y ante mi soledad de explosiones y brechas recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando. Y al fin en un océano de irremediables huesos tu corazón y el mío naufragarán, quedando una mujer y un hombre gastados por los besos.

Canción última

Pintada, no vacía: pintada está mi casa del color de las grandes pasiones y desgracias.

Regresará del llanto adonde fue llevada con su desierta mesa, con su ruinosa cama.

Florecerán los besos sobre las almohadas. Y en torno de los cuerpos elevará la sábana su intensa enredadera nocturna, perfumada.

El odio se amortigua detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

Nanas de la cebolla

La cebolla es escarcha cerrada y pobre: escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla: hielo negro y escarcha grande y redonda.

En la cuna del hambre mi niño estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba. Pero tu sangre, escarchaba de azúcar, cebolla y hambre.

Una mujer morena, resuelta en luna, se derrama hilo a hilo sobre la cuna. Ríete, niño, que te tragas la luna cuando es preciso.

Alondra de mi casa, ríete mucho. Es tu risa en los ojos la luz del mundo. Ríete tanto que en el alma, al oírte, bata el espacio.

Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea.

Es tu risa la espada más victoriosa. Vencedor de las flores y las alondras. Rival del sol, porvenir de mis huesos y de mi amor.

La carne aleteante, súbito el párpado, y el niño como nunca coloreado. ¡Cuánto jilguero se remonta, aletea, desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño. Nunca despiertes. Triste llevo la boca. Ríete siempre. Siempre en la cuna, defendiendo la risa pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto, tan extendido, que tu carne parece cielo cernido. ¡Si yo pudiera remontarme al origen de tu carrera!

Al octavo mes ríes con cinco azahares. Con cinco diminutas ferocidades. Con cinco dientes como cinco jazmines adolescentes.

Frontera de los besos serán mañana, cuando en la dentadura sientas un arma. Sientas un fuego correr dientes abajo buscando el centro.

Vuela niño en la doble luna del pecho. Él, triste de cebolla. Tú, satisfecho. No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.

 

Reseña bibliográfica y poemas tomados de: Me llamo barro aunque Miguel me llame: Poesía completa (edición, introducción y notas de Agustín Sánchez Vidal). Ediciones Letra Dorada, 2023.

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